
Anastasia: la animación en busca de una identidad propia Por Marcos Giménez

El deseo de descubrir quiénes somos es una pulsión humana ineludible. Un nombre, una historia y un lugar son elementos que pueden atribuirle sentido a nuestra existencia. En ocasiones, estos aparecen con facilidad; en otras, se escapan y desvanecen antes de tomar forma. En este limbo identitario entre lo que fue y lo que podría ser, es donde habita Anastasia (1997).
En la película, seguimos a Anastasia (con la voz de Meg Ryan), una joven huérfana que acaba de salir del orfanato quien, despojada de sus recuerdos, emprende un viaje para descubrir de dónde viene y a dónde pertenece. El destino final es París, según marca el dije que siempre lleva consigo, el único recuerdo de que su pasado existió. Su camino se cruza con el de dos buscavidas, Dimitri (John Cusack) y Vladimir (Kelsey Grammer) que ven en ella una oportunidad para obtener dinero, sin imaginar que la muchacha podría ser la pieza perdida de una historia más grande.
El filme fue dirigido por Don Bluth y Gary Goldman, quienes en sus años de formación fueron colegas animadores para Disney pero, en 1979, argumentando la falta de rumbo y creatividad del equipo, decidieron abandonar ese lugar para desarrollar su propio estudio. Durante los años ochenta, con éxitos como Fievel y el Nuevo Mundo (1986) o Pie pequeño en busca del valle encantado (1988), e incluso incursionando en videojuegos, con el desarrollo del innovador Dragon’s Lair (1983), la dupla logró establecerse como una nueva y fresca alternativa en cine de animación, que era capaz de rescatar la esencia clásica de las películas de Walt Disney y combinarlas con una visión moderna. Anastasia llegaría a convertirse en uno de los proyectos culmines de Bluth y Goldman —e incluso podría considerarse como su canto de cisne, obviando sus últimas dos películas—, un musical animado con clara inspiración en el musical clásico en el que finalmente lograron desplegar con eficacia su potencial. Esta película llegó en un momento muy complicado para los realizadores cuando, durante los años noventa, el dúo tuvo que afrontar grandes fracasos de crítica y comerciales. La idea de adaptar una historia tan delicada y controvertida hacía que la producción de Anastasia resultase compleja y muy arriesgada.
La cinta está basada en la obra teatral del mismo nombre de 1952 y en su primera adaptación al cine de 1956, dirigida por Anatole Litvak y protagonizada por la mítica Ingrid Bergman. A su vez, todas estas obras están libremente inspiradas en el trágico pero verídico final de la familia de Nicolás II, el último emperador de Rusia. En el marco de la gestación de la Revolución Rusa, Nicolás II abdicó del trono por la presión de su pueblo frente a la hambruna que sufría y, posteriormente, todos los miembros de la familia fueron fusilados por los bolcheviques. Poco después de este suceso, se empezó a esparcir el rumor de que la hija menor, Anastasia, había logrado escapar y evadir la muerte. Con el paso de los años, el rumor se acrecentó y trajo consigo un sinfín de impostoras que juraban ser la hija perdida del Zar. La más famosa de ellas fue Anna Anderson, quien se convirtió en la inspiración para la historia del libreto original.
El propio Bluth reveló en Somewhere Out There: My Animated Life, su autobiografía, que temía adaptar una historia real por miedo a que resultase ofensivo. Fue Goldman quien inicialmente le presentó la idea de tomar la vida del Zar y su familia como puntapié, y quien tuvo que convencer a Bluth de continuar con la idea.
Bluth siempre consideró que el teatro y la música eran disciplinas indispensables para la animación. El ritmo domina el mundo y con ello, el movimiento y, a su vez, el teatro es quien define, le da intención y emoción a dicho movimiento. Él aplicó esto a su vida y obra. Unos años antes de su independización, durante finales de la década de 1960 y principios de la del 1970, administró un teatro con su hermano menor. Allí presentaban aclamados musicales, como La novicia rebelde y The Music Man, recreados con talentos locales y con Bluth formando parte de la orquestación como pianista. No sorprende que su experiencia teatral encontrase un cauce natural en la mayoría de sus películas, principalmente en Anastasia. Gracias a ello fue que Bluth pudo dialogar con fluidez con el talento en composición musical del dúo Lynn Ahrens y Stephen Flaherty, quienes ya eran renombrados compositores para producciones de Broadway. La colaboración entre ellos dio origen a una serie de canciones que permitieron que la película respirara con el pulso de un musical genuino, preciso en su intención dramática.
Todo este trasfondo prepara el terreno para comprender la estética y narrativa de Anastasia, y por qué su recepción estuvo marcada por las numerosas e inevitables críticas recibidas por ser vinculado y comparado con el canon dominante de la animación de la época: aquellas películas pertenecientes al “Renacimiento de Disney” de los años noventa, como La Sirenita (1989), La Bella y la Bestia (1991) o Pocahontas (1995). Sin embargo, es posible interpretar esto también como su punto fuerte, la clave para construir a partir de él la esencia que lo diferencie. Su propio relato lo respalda: incluso cuando otros quieren decirle cuál es su identidad, es la protagonista quien decide buscar su propia historia y, de forma homóloga, Bluth y Goldman hicieron lo mismo en pantalla.
Anastasia logró acercarse al espectador con su naturaleza familiar y afable, una princesa de animación, como muchas otras, llena de sueños y aspiraciones. Esa calidez se ilustra con facilidad en Journey to the Past, la primera canción de la protagonista cuya voz en las canciones es de Liz Callaway —conocida por ser parte del elenco de Cats en aquel momento—. La secuencia funciona como la manifestación explícita de su deseo: mientras avanza por la nieve por el camino elegido, el de recuperar su pasado, su duda poco a poco comienza a convertirse en determinación. “Un hogar, amor y una familia. No estaré completa hasta encontrarlos” es el fragmento de la canción que sintetiza el eje emocional de este momento en la cinta.
Sin embargo, detrás de su apariencia de cuento de hadas, la película logra conservar una impronta más madura: personajes atravesados por el desarraigo, atmósferas y espacios que no temen a la penumbra y emociones que se mueven en el borde difuso entre la pérdida y el deseo. Esa mezcla de luz y sombra, más compleja que la habitual en sus contemporáneas de Disney, es la que permite que Anastasia se afirme con una voz propia.
El número musical inicial, A Rumor in St. Petersburg, es un ejemplo interesante de contraposición: se muestra a una ciudad apagada por los estragos ocasionados durante la transición luego de la Revolución Rusa, donde el entusiasmo de sus ciudadanos contrasta con la precariedad que los envuelve: puestos callejeros, vendedores ambulantes, obreros cansados de labores duras, edificios desgastados. Allí, el rumor de que Anastasia podría estar viva funciona como chispa de esperanza en un entorno que sigue cargando con las cicatrices del pasado.
En otro extremo emocional, pero que cumple también con la idea del claroscuro, se encuentra en Once Upon a December, la cual quizás es la escena más delicada y compleja del filme: una fiesta en un palacio abandonado, una danza entre recuerdos vagos y presencias fantasmales que poco a poco salen de los cuadros, casi volviendo a la vida. “Alguien que me cuida y me da calor” es lo que canta Anastasia, mientras la cámara se mueve y se visualizan las siluetas de los invitados con los que interactúa, entre ellos, los miembros de su familia asesinada. ”Cosas que mi corazón sabía y ahora anhela recordar” como si siguiera un sueño que se deshace a medida que se recuerda, mezclando nostalgia, anhelo y una tristeza casi inexplicable. Ambas escenas revelan cómo Bluth y Goldman no temieron abordar emociones ambiguas, donde la memoria no solo ilumina, sino que también hiere, y donde la identidad aparece como un eco que todavía no termina de formarse.
En última instancia, la esencia de Anastasia perdura porque su viaje identitario no pertenece solo a su protagonista: también es el reflejo de la búsqueda de Bluth y Goldman por reafirmar una voz propia en una industria dominada por otros. Así como Anastasia avanza entre sus recuerdos borrosos y las dudas sobre su lugar en el mundo, los directores caminaron entre la nostalgia por la tradición que los formó y el deseo de forjar una identidad distinta, más arriesgada y personal. La fuerza del filme radica en ese diálogo entre el pasado y la reinvención, y sobre lo que significa buscar quién se quiere ser.



