
Hello, Dolly!: una celebración del artificio Por Laura Diaz

En un mundo donde la IA avanza e inunda redes sociales, noticias y medios con imágenes y videos, es fácil preguntarse, como WALL·E, qué es basura, qué sirve y qué no. Porque en ese futuro distópico y apocalíptico que el largometraje homónimo de Pixar (2008) hay una pregunta que guía toda la narración, y que interpela a lo que ocurre en nuestra actualidad: ¿hay un mundo ahí afuera?, ¿qué tipo de mundo es? Y es justamente la película que el robot mira una y otra vez sin cesar la que nos trae una respuesta: “Ahí afuera” hay un lugar “lleno de brillo y lleno de chispa / cierra los ojos y míralo brillar”.
La canción que abre la película animada (“Put On Your Sunday Clothes”) es parte de Hello, Dolly! (1969), el musical dirigido por Gene Kelly, con guion de Ernest Lehman, basado en la obra de Broadway. Protagonizado por Barbra Streisand, Walter Matthau y Michael Crawford, el largometraje es considerado como el último musical de la era clásica.
Ambientada en la Nueva York de fines del siglo XIX, la ciudad se recrea íntegra: decorados extravagantes, grandes salones de baile, vestuarios ostentosos, lo que explica en gran medida el elevado costo que tuvo la producción. Sin llegar a ser un fracaso de taquilla, no logró recuperar el dinero. Esto, sumado a una filmación tensa (en la que los grandes nombres quizás no combinaron del todo bien sus egos) en un momento del cine estaba adquiriendo nuevos rumbos, este tipo de musicales tardaron mucho en poder volver a hacerse.
Pero WALL•E vuelve al musical, como ocurrió también con la industria en los primeros años del siglo XXI: el género fue mirado desde otra óptica y reinterpretado con la sensibilidad de época. ¿Qué encuentra el robot en Hello, Dolly!? A fin de cuentas, ¿qué es lo que Hello, Dolly! significa para el género musical?
Una historia sencilla
Una casamentera, joven y viuda, Dolly Levi (Streisand), es contratada por Horacio Vandergelder (Matthau) con dos objetivos: arreglarle su propio casamiento e impedir que su sobrina se case con quien ama, pero él no cree conveniente. Y a partir de ahí todo serán malentendidos, idas y vueltas, cruces de parejas porque, el objetivo final de Dolly, es encontrar su pareja… y la encuentra en Vandergelder.
Es una comedia de enredos, estructura que suelen usar muchos musicales clásicos. Y es un género que tiene sus orígenes en el teatro griego, y grandes exponentes en diferentes épocas. Sin embargo, la forma más moderna, que es de la que abreva el cine, viene del Siglo de Oro español e incluso de la Comedia del Arte italiana.
La genealogía no es menor en este caso, porque tanto las piezas audiovisuales como las teatrales buscan apelar a las grandes audiencias. Y justamente esta forma lo que permite es retener a ese público: los tópicos conocidos y los elementos humorísticos naif lo que hacen es que, sin demasiada exigencia, el foco esté en el disfrute y ya no tanto en lo racional.
El gancho, que es el enredo de tramas, hace que anhelemos que nuestros protagonistas lleguen a su final deseado. Esto suele hacer -y Hello, Dolly! no es la excepción- que estos cierres sean conservadores. Sabemos que la heroína va a conseguir a su amado, que la pareja “imposible” no lo será tanto. Y lo entendemos desde que comienza el relato, porque el objetivo no es otro que vehiculizar un mensaje tranquilizador: perseguir los sueños y que se cumplan es posible. Aunque eso, siempre, depende de mantener el statu quo, respetar las clases sociales y que las reglas no se quiebren del todo.
Un mundo de fantasía
Lo que hace que muchas personas amen este género es lo mismo que expulsa a otras tantas: un verosímil creado alrededor de un mundo donde se suspende el tiempo, la lógica, y las emociones y sentimientos se transmiten cantando y bailando. Y es allí donde el director despliega toda su expertise coreográfica.
Kelly, ya reconocido como director por Cantando bajo la lluvia (Singing in the rain, 1952) o Siempre hace buen tiempo (It’s Always Fair Weather, 1955), había experimentado con diferentes técnicas (animación, efectos especiales) en sus cuadros musicales. Ese recorrido, sumado al extenso presupuesto de Hello, Dolly!, hace que uno de los puntos más sólidos en la película sea su espectacularidad. Logra integrar a la perfección números complejos con la trama, y el despliegue de canciones como “Before The Parade Passes By” o “Just Leave Everything To Me” convierten a la ciudad en una tangible.
La recreación de la época, incluidos los vestuarios (en el que se encuentra uno de los vestidos más caros de la historia del cine), es otro punto de lo que genera una atmosfera de ensueño. Todo refuerza la fantasía de este espacio donde todo es posible.
Si quizá lo más recordado de la película es la voz de Streisand y la última aparición en cine de Louis Armstrong en su ya exitosísima canción “Hello, Dolly!”, si las coreografías son llamativas, ¿qué es lo que hizo que este se puede considerar el último musical clásico?
Nada es para siempre
Los musicales se convirtieron en un género clave para la industria cinematográfica. Marcaron la transición al cine sonoro, permitieron la innovación visual, brindaron grandes estrellas (Fred Astaire, Judy Garland, Ginger Rogers, y por supuesto el mismo Kelly) y fueron, por supuesto, un gran atractivo para las grandes audiencias.
Pero muchas cosas ocurrieron en los treinta años que separan a El mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939) de Hello, Dolly!. La década del sesenta trajo muchos cambios para la industria, entre ellos volcarse a adaptaciones de Broadway porque les brindaban la seguridad de lo ya probado (un problema que suena bastante actual). Si bien hay grandes éxitos como Mary Poppins (1964), el público estaba comenzando a cambiar sus elecciones y el tono de alegría constante ya no era tan bien recibido, como lo prueba un éxito como Amor sin barreras (West Side Story, 1961) donde las temáticas ya son otras.
Además, aparecía una nueva competencia: la televisión. Y frente a ella, ¿qué era lo que el cine podía hacer para diferenciarse? En la búsqueda de respuestas, los estudios dieron con una que creían correcta: las superproducciones. Porque, para justificar que el costo del boleto, había que dar algo cambio: fastuosidad, enormidad… Todo el artificio llevado al extremo.
Frente a la buena recepción que tuvo La novicia rebelde (The Sound of Music, 1965), la 20th Century Fox apostó todo al éxito teatral del momento, convocó a uno de los nombres más reconocidos del musical para dirigir, puedo castear a una actriz en ascenso como Streisand, a un actor más que probado Walter Matthau, y el resto del rodaje es historia.
Más allá de la tensión en el set, de los pedidos cada vez más costosos de Kelly, y de la demora en su estreno, Hello, Dolly! no fue exactamente un fracaso. El problema es que no fue un suceso. Lo costoso que era producir musicales implicaba la necesidad de un éxito descollante tanto el reconocimiento de las grandes masas y de los grandes premios. En este caso, no ocurrió ni una ni otra cosa.
Así, todo un modo de hacer cine fue muriendo, a la par que el Nuevo Hollywood surgía y permitía nuevas formas de filmar y nuevos temas que contar.
“Solo toma un momento”
WALL•E, el robot basurero, se enamora de EVA, que está sondeando en la Tierra resquicios de vida. Él la acompaña, y eventualmente el amor nace. No casualmente también comparten el visionado de las aventuras de Dolly en los Yonkers, y sobre todo escuchan “It Only Takes a Moment”, canción que Cornelius (Crawford) dedica a su amada Mrs. Molloy (Marianne McAndrew).
Esa pieza, cifra del romance y la idea del amor eterno que ocurre de manera repentina, es la elegida para, además, culminar la película de Pixar. Porque la frase que la canción repite como leitmotiv “It only takes a moment” es también lo que los robots aprenden. No importa cuánto, no importan dónde, no importa con quién, el poder del amor es transformador. WALL•E encuentra en Dolly y sus peripecias eso mismo: la esencia del romanticismo, la evidencia de que existiría el poder del amor.
Guillermo Cabrera Infante dijo que “La comedia musical es el único género que nació para la felicidad. O al menos para hacernos felices”. Y es eso lo que aparece en Hello, Dolly! y nos hace volver a ella: la fantasía por la fantasía misma, un sinsentido que nos permite fluir, y dejarnos llevar.
Una película que quedó fuera de su época, y que, aunque también está fuera de la nuestra, nos hace imaginar un mundo posible, más sencillo, donde si luchamos por lo que creemos, esto será posible. Y aunque sepamos que no es así, la magia del cine también es necesaria para darnos la esperanza de que, como en el mundo de WALL•E, hay chances de que algo más también pueda existir.
Porque, por más desértico, estéril o desolador sea el contexto, siempre podemos imaginar algo parecido a aquello donde fuimos felices. Y esos lugares generalmente son imperfectos y están abarrotados de cosas. Son humanos.



