El lenguaje corporal como arte: Antonio Banderas en Dolor y Gloria Por Claudio Marcelo Mion

Cuando Antonio Banderas le dio su voz al personaje animado del Gato con Botas en la película Shrek 2 (2004), mucha de la crítica, sobre todo la norteamericana, dijo en ese momento que su trabajo era la mejor actuación que el actor español había realizado hasta ese entonces. Una afirmación un tanto dura y discutible, e incluso injusta con la carrera del actor, que empezó en Hollywood con Filadelfia (Jonathan Demme, 1993) y el mismo año en La casa de los espíritus del danés Billie August, adaptación de la novela de Isabel Allende. A partir de ahí hilvanó una carrera con una gran cantidad películas, alternando éxitos y fracasos, mejores y más flojas actuaciones, con títulos como Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, 1994), La balada del pistolero (Robert Rodríguez, 1995), La máscara del zorro (Martin Campbell, 1998), 13 guerreros (John Mc Tiernan, 1999) y Femme Fatale (Brian De Palma, 2002).
¿Como Hollywood posó su mirada sobre este español nacido Málaga en 1969, que en su infancia solo pensaba en ser jugador de futbol y que llegó a Estados Unidos sin hablar una sola palabra de inglés?, Ese momento es el año 1988 en el que Pedro Almodóvar estrenó su séptima película, Mujeres al borde de un ataque de nervios, que puso al director español en el inicio de una carrera internacional, con su primer premio Goya y nominación al Oscar como Mejor Película Extranjera incluida. Esta comedia de engaños amorosos y mujeres abandonadas también marcó un quiebre en la vida profesional de Banderas, ya que con motivo del viaje a Hollywood con todo el elenco por la nominación al Oscar y por la recomendación de un agente, decidió quedarse en California con su entonces esposa Ana Leza.
El malagueño conocía a Almodóvar desde hacía varios años, ya que su debut en cine fue en la segunda película del manchego, Laberinto de pasiones (1982), y seguirían juntos en Matador (1986), La ley del deseo (1987), ¡Átame! (1989) y La piel que habito (2011), película que marcó el reencuentro después de algunos años en que los proyectos del actor en Hollywood provocaron cierto fastidio con el director, e incluso llegó a rechazar un papel en Kika (1993). El año 2019 marcó la nueva unión entre ellos con Dolor y gloria. En las notas de producción el realizador español aseguró que la película presentada en competencia en el Festival de Cannes de ese año constituía el cierre de una Trilogía sobre deseo y ficción inaugurada con La ley del deseo y continuada luego con La mala educación (2004). Como en esas películas, otra vez un director de cine ocupa el centro de la escena. Banderas se pone en la piel de Salvador Mallo, un cineasta muy reconocido que vive encerrado en su departamento de Madrid, preso en cuerpo y alma de diversas dolencias, físicas y emocionales. La invitación de la Filmoteca para proyectar su opera prima Sabor (en versión restaurada a 30 años de su estreno) será el motivo para recordar fragmentos de su infancia, su relación con su madre, los deseos perdidos y reconciliaciones pendientes.
Película que habla del paso del tiempo, encuentra en el protagónico a un Banderas en estado de gracia. Almodóvar coloca al actor como su alter ego en una caracterización irreconocible, muy alejada del cine más comercial que construyó a lo largo de por lo menos dos décadas. Desde el primer plano en el que aparece en el agua de una pileta vemos su cuerpo algo encorvado, una larga cicatriz que recorre su espalda. Banderas reinventa su registro actoral, y logra con su cuerpo expresar un dolor crónico, encapsulado. En su paso y forma de hablar, de pararse, de moverse, es una persona que sufre, y que también ha sufrido mucho. Podría decirse que la experiencia del actor tras el infarto que sufrió en 2017, lo que provocó un cambio radical en su vida personal, inspira su actuación en la película. Almodóvar les pone nombre y apellido a las dolencias de Salvador en una secuencia de casi 15 minutos, en las cual desfilan un catalogo de enfermedades: ulcera, reflujo, otitis, todos los dolores musculares, tinnitus, migrañas, y lo que llama penalidades abstractas: dolores en el alma, como el pánico, ansiedad y depresión. El actor logra comunicar con una economía de recursos admirable. El temblor en la voz, una pausa en la conversación con sus personas más cercanas, un gesto inconcluso. Banderas domina el arte de no mostrar para hacernos sentir.
Una de las decisiones más brillantes de su actuación es la renuncia al dramatismo, lo que significa que adopta un enfoque más natural y menos exagerado en la interpretación de su personaje. Salvador Mallo es una persona quebrada, pero no necesita gritar para expresar su ruptura. Banderas le presta un rostro cansado, una mirada siempre cargada de un pasado inabarcable, y un cuerpo que apenas se sostiene, pero se niega a rendirse. Todo eso lo transmite sin gesticulaciones exageradas, sin afectación, confiando plenamente en la contención como forma expresiva. Y esa elección, poco frecuente en su filmografía previa y sin duda apoyado por la dirección de Almodóvar, es lo que eleva esta actuación por encima de cualquier otra que haya hecho.
Hay varias escenas en donde esa contención alcanza su máxima potencia. El encuentro con Alberto (Asier Etxeandia), el actor protagónico de Sabor con el que no se había hablado desde el estreno de la película por diferencias durante el rodaje, y la heroína que le ofrece para calmar sus dolencias, provoca su derrumbe emocional. Sin embargo, su postura actoral no es la de un adicto sino la de una caída lenta y dolorosa, expresada en su rostro y sus ojos cerrados, la vulnerabilidad de alguien que ya no sabe cómo estar en el mundo, y que lo va a llevar una vez más a los recuerdos de su infancia con su madre interpretada por Penélope Cruz.
Una de las más conmovedoras es el encuentro de Salvador con Federico (Leonardo Sbaraglia), un antiguo gran amor que dejó una huella imborrable en su vida. La escena se desarrolla en el piso de Salvador y es la que le permite trabajar sus silencios, rostro y cuerpo ante una visita inesperada. Construida desde la historia de Federico, que ha iniciado una nueva vida con mujer e hijos en Buenos Aires, le cede al personaje de Salvador una introspección perfecta y desarrollar más la escucha. Sus ojos ligeramente húmedos, sin caer en el llanto, revelan un dejo de deseo, tristeza y nostalgia por una relación que fue intensa.
Las más hermosas de la película las sostiene con su madre anciana (Julieta Serrano). Ambientadas en su departamento de Madrid, ella le recrimina aspectos de su presente y pasado en común: la elección del piso donde vive, su distancia emocional e incluso la elección de su oficio como cineasta. Banderas las interpreta con una contención absoluta, cada gesto es mínimo, en algún momento la respiración es entrecortada por la emoción. Su rostro dice mas que las palabras, que pueden sonar muy hirientes, “No era el hijo que tú esperabas, simplemente por ser como soy”. Ya en el hospital, cerca del adiós, no hay reproches ni diálogos recargados. Es mas un monologo de la madre acerca de su pueblo y viejas amistades, al que Banderas solo responde con gestos y pocas palabras, y la forma en que la toma de la mano o toca su cuerpo, adquieren una gran significación.
Almodóvar no lo deja solo a Banderas, que ganó el premio al mejor actor en Cannes y el Goya, además de la nominación al Oscar por esta película. Su brillante labor en la dirección, la fotografía luminosa de José Luis Alcaine, el guion casi autobiográfico, la música de Alberto Iglesias, y el trabajo de la dirección de arte, con su paleta de colores inconfundible. Incluso lo rodea de su propio vestuario, muebles, libros y obras de su piso de Madrid. Además, le entrega un final extraordinario, una de las cumbres de su cine, en el cual Salvador, a través de su oficio, convierte el dolor en belleza.
