High School Musical: Con la mente en el baile Por Jorge Pinzón Bermúdez

El año que viene High School Musical (2006) va cumplir veinte años. Los análisis y los homenajes invadirán reels, videos y columnas de programas de streaming tratando de recordar aquel fenómeno generacional nacido al calor la televisión. Un suceso televisivo producido por un telefilm antes de la era Netflix. En ese sentido es evidente que esta publicación llega demasiado temprano para un aniversario que aún no ocurrió, pero que resulta divertido anticipar.
Decir que la historia tiene su núcleo en la relación entre Troy y Gabriela sería una obviedad. Esa primera escena en donde se conocen cantando parece condensarlo todo. Cuando termina “Start of Something New” ya tenemos claras tres cosas que van a travesar High School Musical (2006): ellos dos ya están enamorados, cantan muy bien. pero él lo oculta, y por último, el poder que van a tener los números musicales en esta historia.
Sin embargo el contexto va a operar para que el amor no prospere. La toxicidad será una constante entre amigos y enemigos, los pésimos consejos parentales y los mandatos preestablecidos serán obstáculos que el dúo sorteara eventualmente. El vínculo entre los protagonistas va ligar su suerte a la realización de los mismos como intérpretes en el musical de invierno. Troy y Gabriela, con sus luces y sombras, serán los representantes de una forma de ser, y de un tipo de relación genuina y real.
La antítesis será Sharpey con su explicita superficialidad y sus caprichos clasistas. Un rasgo interesante referido a estos aspectos del personaje interpretado por Ashley Tisdale, tiene que ver con sus dos intentos de re versionar temas hechos originariamente para los enamorados en cuestión. Tanto en la primera entrega con “What I’ve Been Looking For”, en la cual la secunda su hermano Ryan, como en High School Musical 2(2007) con “You Are the Music in Me”, las interpretaciones de la blonda tienen un ritmo frenético, priorizando lo melódico y una teatralidad esperpéntica en contraposición con el minimalismo y sentimiento que caracteriza a las versiones originales de Troy y Gabriela.
Todos estos matices dependen de los números musicales para que puedan ser desarrollados adecuadamente. Los sucesos ocurren mientras la gente canta y cuenta sus historias personales, no al revés. Cada canción va ser el disparador de algún conflicto en ciernes, y cada coreografía funcionara como respuesta a muchos de esos nudos planteados. Es así como “Stick to the Status Quo” hace que el comedor de la preparatoria West High se convierta en una sesión de terapia a cielo abierto, en donde todos los roles escolares se trastocan provocando una sorpresiva inestabilidad. En la misma sintonía “Get’cha Head in the Game” evidencia la ambigüedad sufrida por Troy entre el canto y el deporte. No solo respecto a sus deseos, sino a las apariencias que debe guardar como símbolo masculino. La coreografía culmina con un mantra inmortal: “¿Quiénes somos? ¡Linces! ¡Con la mente en el juego!”.
El encargado de estos números y coreografías, cantadas y bailadas por infinidad de adolescentes a lo largo del mundo, no es otro que Kenny Ortega. Reconocido por trabajar con Madonna, Cher y Michael Jackson, su nombre recibe notoriedad en el ámbito cinematográfico apartir de ser el coreógrafo de Xanadú (Xanadu, 1980), Un experto en diversión (Ferris Bueller’s Day Off, 1986) y Baile caliente (Dirty Dancing, 1987). Luego desde la dirección y bajo el amparo de Disney iba a dirigir los musicales Mil voces (Newsies, 1992), Abracadabra (Hocus Pocus, 1993) los dos con estreno en cines.
Sus secuelas demostrarían que la misma fórmula podía volver a ser generadora de éxito. En High School Musical 2, los vínculos tóxicos, las aspiraciones desmedidas y la falta de empatía resurgen, sumándole un interesante componente de clase que va que va estar reflejado en cada una de las canciones. La figura de Fulton emerge como la mano de hierro que unifica rencores, funcionando justamente como personaje ordenador y un efectivo villano. La escena en donde Chad, interpretado por un espléndido Corbin Bleu, y el Ryan de Lucas Graabel, canta y bailan “I Dont Dance”, además de ser un hermoso cortejo homo erótico, funciona como ejemplificadora de las tensiones en juego.
La tercera conllevaría el primer estreno en cines, en donde básicamente se iluminó y se filmó de mejor manera números musicales de la misma calidad que sus predecesores. Este último año escolar representa al mismo tiempo el paso a la vida adulta, lo que obligara a todos los personajes a tomar decisiones que moldearan su futuro. La trama por momento se torna cansina y cuesta encontrar momentos igual de efervescentes que en las entregas previas.
El deslucido final no impidió un arrollador éxito recaudatorio. La estela virtuosa produjo una serie, y una versión hispanoparlante producida en nuestro país que suele ser olvidada. Zac Efron y Vanessa Hudgens lograron materializar un ideal de amor que termino por conmover a infantes y adolescentes por igual, acercando a Disney y sus musicales a una generación que empezaba a olvidarlos. Los vaivenes abundan, pero al terminar “Breaking Free” si la franquicia se terminara de golpe el objetivo se podría haber dado por cumplido. Ese momento inmortaliza a Troy y Gabriela, a High School Musical y todo ese camino que sin las canciones hubiera sido imposible construir.



