La La Land – Mi amigo robot
Poder decir adiós es crecer
Por Leandro Magallanes
Entre las tantas definiciones que puede tener la palabra cinefilia, me quedo (por cuestiones meramente convenientes para este texto) con la que define Wikipedia: “Se trata de un acrónimo de la palabra cine y filia, una de las cuatro antiguas palabras griegas para referirse al amor.”
“Amor al cine” es una frase que me gusta mucho, pero, así como cada ser humano puede amar de formas distintas, la cinefilia también tiene diversas vertientes, y entre ellas está la de relacionar películas, conectarlas, incluso llegar a confundirse entre unas y otras, aunque no tengan relación entre sí. Esto puede ir desde confundir escenas entre Bajos instintos (Basic Instinct, 1992) y Atracción fatal (Fatal Attraction, 1987), quizás inconscientemente por culpa del personaje muy similar de Michael Douglas; hasta acordarse el año de estreno de una película húngara de los años 50.
En este caso, en el ejercicio de explorar la conexión entre películas que en apariencia no tienen mucha relación, voy a intentar conectar dos que se han vinculado mucho en el último tiempo, y más con el estreno de la segunda recientemente: La La Land, una historia de amor (La La Land, 2016), y Mi amigo robot (Robot Dreams, 2023).
Se puede comenzar por lo obvio, que es la razón por la cual estas dos obras suelen relacionarse tan fácilmente: la importancia de una relación (breve e intensa) en la vida de cada individuo y cómo a veces esas relaciones terminan fallando por razones desconocidas, pero la vida sigue y el show debe continuar. Sin embargo, antes de profundizar en este tema, resulta interesante abordar lo que no parece tan evidente.
Estamos ante dos obras que podrían considerarse como rarezas: Mi amigo robot, una película que uno podría categorizar como animada y listo, que esperaríamos sería exitosa (cosa que no sucedió a nivel taquilla), sin diálogos, totalmente muda y que habla solamente a través de sus canciones; y La La Land, una historia de amor, denominado como musical (aunque tal vez no tanto) que se siente como si fuese algo que salió hace 80 años, haciendo de ella un clásico moderno. Pero, ¿qué las hace tan raras? Que se la juegan, apuestan a la realización de películas que no son “formuleras”, y en esa apuesta está la cinefilia. Obviamente, las películas siempre son una apuesta y no hay una fórmula garantizada para el éxito, pero sí existe un modo estándar que estas dos obras evitan.
Sin embargo, en ambos casos, como toda apuesta, los resultados pueden ser positivos o negativos en términos puramente económicos. Mi amigo robot prácticamente perdió dinero, mientras que La La Land: una historia de amor tuvo un poco más de suerte, siendo un éxito gracias a una mayor inversión en publicidad, el impulso del factor nostálgico y el reconocimiento en las galas de premios. Aún así, no dejó de ser una jugada arriesgada, considerando que si esta película se hubiese estrenado en la década de los 40 o 50, podría haber sido una más, pero en la actualidad resultó “de esas que ya no se hacen”; proviniendo de un director casi novato, Damien Chazelle, que sólo venía de hacer una película exitosa, Whiplash, música y obsesión (Whiplash, 2014).
Otro elemento que puede unir estas películas, sin tener en cuenta su trama, es que ambos directores comparten cierta obsesión. En el caso de Pablo Berger, director de Mi amigo robot, está muy comprometido en contar historias sin diálogos, como ya hizo anteriormente en su película Blancanieves (Blancanieves, 2012), un film completamente distinto en sus formas, pero que no deja de tener como punto principal la falta de intercambios verbales. En el caso del director de La La Land: una historia de amor, hay una obsesión con el jazz y su “olvido” por parte de la sociedad, algo que podemos extrapolar y llevar también para tomarlo como cierto olvido del mainstream a películas clásicas, como los musicales, y a una forma de filmar películas, en la que Chazelle busca seguir filmando en material fílmico, algo que no es normal estos días.
Entre las convergencias de ambas obras, yendo más puramente a sus tramas, podemos tratar a las dos como películas que nos hablan de la soledad, los sueños, y las aspiraciones. En el caso de La La Land: una historia de amor, se nos presentan dos personajes: Sebastian (interpretado por Ryan Gosling), que es una persona muy solitaria que no tolera nada moderno, con toda su vida gira en torno al jazz, pero al jazz de hace 60 años; y Mia (interpretada por una increíble Emma Stone), una persona que está en otro registro, una aspirante a actriz sin éxito aún que trabaja en una cafetería en los estudios de Warner Bros. En un estupendo montaje al inicio de la película, se nos presentan a ambos personajes en 10 minutos cada uno, y empezamos a entender en qué lugar están parados. Y, a partir del momento en que los personajes se conocen, las cosas empiezan a cambiar. El film tiene un tratamiento espectacular del diseño de producción, la elección cromática es importantísima para la trama ya que durante la película vemos que los personajes visten de distintos colores indicando su humor, sus sentimientos, y de ahí traer los cambios mencionados anteriormente: cuando Mia ve a Sebastian tocar el piano por primera vez, ella entrando al bar atraída por la música y un color rojo, ambos están vistiendo prendas azules, ¿qué forma azul y rojo? Violeta, color que podemos ver cuando ellos, finalmente, concretan su amor en el planetario de Rebelde sin causa (Rebel Without a Cause, 1955). No son los únicos detalles de producción visual que tiene la película, claro, ya que sería necesario realizar un estudio exhaustivo para abarcar todo, e, incluso, quedaría algo corto. Vale mucho la pena leer artículos al respecto o, mejor aún, ver la película innumerables veces.
En el caso de Mi amigo robot, contamos con otros 2 personajes: DOG Varon (apellido de la autora del cómic en la que se basa la película) y ROBOT, un artilugio con vida artificial que compra DOG, en una noche de soledad al ver una publicidad en la televisión. DOG y ROBOT comienzan una relación, no me atrevería a decir de amistad ni romántica ya que sería afirmar algo que no importa, pero sí una importante para ambos. Hay un tratamiento increíble en la narrativa de la película, porque solamente se sostiene en planos, situaciones y gestos, no hay un solo texto que te explique qué está pasando o qué sienten los personajes, y es algo fuera de lo común para una película hoy, y más aún en un producto animado. Retomando la relación de los personajes, la misma es tan fuerte que los cambia para siempre: DOG, a partir de ese momento, entiende que necesita la compañía de alguien para ser feliz, y ROBOT, tanto como en su breve tiempo con DOG como el que no comparte con él, forma su personalidad para siempre, ya que ROBOT es un “algo” que se construye a partir desde que lo arman, que lo podemos comparar como el monstruo de Frankenstein.
¿Qué podemos unir en las dos películas, finalmente? De por sí, un tratamiento especial de los directores sobre su obra y el cariño que le tienen a sus influencias, que son muchas y referenciadas, a la hora de ejecutar sus propias historias. Un ejemplo muy interesante en Mi amigo robot, es una secuencia de ROBOT soñando una escena de El mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939) mientras baila tap, mismo tap que nos conecta con el icónico primer baile en La La Land entre Mia y Sebastian, el cual a su vez también rinde homenaje a Cantando en la lluvia (Singin’ in the Rain, 1952). Además, ambas películas comparten el uso del montaje para hacernos creer que un personaje está viviendo algo que en realidad está soñando o imaginando. También, hacen uso común de las ciudades como un personaje más: Mi amigo robot utiliza la ciudad de Nueva York en los años 80 para contarnos la historia, mientras que La La Land hace lo suyo con Los Ángeles. Y, yendo más allá, en un tratamiento bastante profundo sobre las relaciones, que a veces no funcionan y está bien, porque cada granito de arena en nuestras vidas nos forma, para luego, sin buscarlo, se pueda construir una relación más sana. Por ejemplo, ¡cómo entendemos a Mia en La La Land: una historia de amor con el baterista de The Wonders (interpretado por Tom Everett Scott) en Eso que tú haces! (That Thing You Do!, 1996), o con la relación de ROBOT con el mapache que lo reconstruye (en una gran metáfora) en Mi amigo robot. Y, si queremos irnos más allá aún, volviendo a la cinefilia, podemos reemplazar relaciones por películas, esas que nos construyeron a lo largo de nuestras vidas, pero capaz que si las vemos hoy no nos gustan tanto, y, sin embargo, si no las hubiéramos visto, tal vez no llegábamos a otras películas que sí amamos hoy.



1 Comentario
Coincido con las pelis de Michael jaja me ha pasado y también con la idea de que si “la la land” salia unos años antes pasaba desapercibida. Paso algo asi con “el artista” si hubiera salido en la epoca de chaplin capaz hubiera sido una mas… muy buen texto 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻