
La mosca: El espejo de lo que no queremos ver por Camila Arjemi Alvarez

En la historia del cine, el monstruo ha sido personificado como una criatura diferente, perturbadora, fuera de lo común. Pero no siempre representa el mal: muchas veces encarna el dolor, lo reprimido, lo ajeno o lo excluido. El monstruo no solo asusta también incomoda, denuncia y revela. La palabra monstruo proviene del latín monstrum derivada del verbo monere, que significa “advertir”. En su raíz etimológica, un monstruo no es simplemente algo horrible: es una señal, una advertencia que irrumpe en el orden establecido para revelar algo que no está bien.
En las primeras décadas del cine, los monstruos eran figuras tomadas de leyendas o de obras clásicas de la literatura como “Frankenstein”, “Drácula”, “El hombre lobo”. Estos relatos reflejaban los miedos de su tiempo, el temor a lo desconocido, la ciencia fuera de control o a los impulsos reprimidos. Con el paso del tiempo, la forma del monstruo se complejizó: ya que no era solo una criatura fantástica, sino una metáfora de los errores humanos.
Así surgieron películas como Alien: el octavo pasajero (Alien, 1979), El enigma de otro mundo (The Thing, 1982), Godzilla (1998), El hombre sin sombra (Hollow Man, 2000), La guerra de los mundos (The War of the Worlds,1953 y 2005), donde lo monstruoso se presenta como consecuencia de nuestras propias acciones: guerras, ambición científica, destrucción ambiental o control sobre el otro. También apareció otra forma del monstruo: incomprendido, aquel que provoca más empatía que miedo. Filmes con personajes como E.T, el extraterrestre (E.T, 1982) Shrek (2001) o El laberinto del fauno (2006), invitan a repensar al monstruo no como un enemigo, sino como una víctima del prejuicio, la discriminación o la soledad.
Hoy en día, los monstruos del cine ya no suelen tener colmillos ni garras. En películas como ¡Huye! (Get out, 2017) o El legado del diablo (Hereditary, 2018), lo monstruoso se manifiesta de manera simbólica: racismo, trauma familiar o secretos heredados. El horror ya no está afuera, se parece cada vez más a nosotros mismos. En esta evolución simbólica, La mosca (The Fly, 1986) de David Cronenberg, maestro del body horror, explora el miedo al cuerpo que cambia, que enferma, que se vuelve extraño y grotesco. El body horror es un subgénero del terror donde el cuerpo humano es el lugar de espanto. No se trata solo de mutaciones físicas grotescas, sino del terror existencial que provoca la pérdida de control sobre el cuerpo y la vulnerabilidad.
Cronenberg nunca buscar el susto fácil: su cine incomoda más que asustar, porque pone el foco en lo íntimo, en lo biológico, en lo irreversible. En sus historias, el monstruo no viene del exterior: somos nosotros, atravesados por la ciencia, el deseo, la enfermedad o el tiempo. Basada en un cuento de George Langelaan y remake del filme de 1958 dirigido por Kurt Neumann, cuenta la historia de Seth Brundle (Jeff Goldblum), un joven científico brillante, quien crea una máquina de teletransportación. Impulsado por la ansiedad y el entusiasmo de su descubrimiento, decide probarla en sí mismo. Sin saberlo, una mosca ha entrado en la cápsula y los genes de ambos se fusionan.
Somos testigos de la transformación en tiempo real de Brundle: su cuerpo cambia, se deforma, se rompe, pero su conciencia permanece y eso es lo más perturbador: ver cómo alguien que aún piensa, siente y ama comienza a perderse sin poder detenerlo. La película La mosca es una crítica al culto moderno del progreso sin límites, ya que Seth, en su ambición, cruza un umbral sin medir las consecuencias. Tanto su cuerpo como su identidad se disuelven en una mutación impensada. El horror no está en lo grotesco de su aspecto final, sino en el dolor de perder lo que nos hace humanos.
Este tipo de monstruo que conserva su humanidad mientras se transforma tiene un claro antecedente literario: La metamorfosis (1915) de Franz Kafka. En el relato Gregor Samsa se despierta una mañana convertido en un insecto gigante. Nadie sabe cómo ni por qué, pero a pesar de su nueva forma, Gregor sigue siendo él mismo, pero su familia con el tiempo, lo aísla, lo rechaza y lo olvida. Ambas historias revelan una verdad cruel y un destino trágico: la monstruosidad no siempre está en lo que nos convertimos, sino en cómo los demás dejan de reconocernos.
La mosca puede considerarse una película del género de terror, pero su fuerza radica en que no teme mostrar la fragilidad del cuerpo, el dolor de la pérdida y lo inevitable de la transformación que lleva a un deterioro lento pero constante. Lejos de ser un monstruo tradicional, Brundlemosca es una figura trágica, un espejo de nuestros miedos más íntimos y oscuros.


