
Los colonos (2023): ¿quién es el verdadero monstruo? Por Laura Díaz

Narrar implica dar a conocer un punto de vista sobre sucesos, reales o imaginarios. Pero cuando lo que se intenta es narrar la historia, cuando lo que se intenta es presentar sucesos reales aparece un problema: algo siempre se deja fuera. Como postula Jacques Rancière, “la historia solo ha sido siempre historia de aquellos que ‘hacen historia’”. En este sentido, los estados modernos eligen aquello que contar y lo que no. La (mal) llamada “conquista del desierto” es ejemplo de esto para el caso patagónico argentino, como también lo es el genocidio del pueblo selk’nam en tierras fueguinas. Esto es lo que viene a visibilizar Los colonos (2023), del director chileno Felipe Gálvez Haberle, que busca abrir el diálogo preguntándose quién narra la Historia, cómo se lee desde el presente y cómo el mismo cine tiene un rol predominante en la misma.
Con elementos genéricos tomados del western, la película mezcla datos verídicos en un relato ficcional. Don José Menéndez (Alfredo Castro) crea una cuadrilla y le hace un encargo: abrir una salida en el Atlántico, lo que implica eliminar a los indios. Encabezada por Alexander MacLennan (Mark Stanley), un exmilitar inglés, Bill (Benjamin Westfall), un mercenario estadounidense, y Segundo (Camilo Arancibia), un mestizo de Chiloé que es obligado a partir en la comitiva, la comitiva cruzará el territorio enfrentado a sus monstruosos en el camino.
Pero ¿qué es lo monstruoso? Es aquello que amenaza el statu quo. Desde los diarios de viaje de Colón, el otro americano fue definido como una figura abyecta en tanto caníbal, salvaje, iletrado. Esta representación se mantuvo, y mantiene, desde un discurso colonialista que construye a la otredad de un modo bestial, similar a lo animal. Como señala en Roland Barthes en Mitologías, a la otredad hay que confrontarla y existen dos modos: su aniquilación, o su subyugación, su transformación algo inofensivo.
Así, en Los colonos el paisaje, los pueblos originarios y, quizás, los que más tiempo tienen en pantalla, los hombres blancos con sus propios recorridos y objetivos son lo monstruoso para un otro. Pero, a fin de cuentas, todos son otro para alguien; lo que difiere es lo que cada quien hace con ello.
El paisaje
El escenario donde transcurre la historia es un personaje más y desempeña un rol. Gálvez elige mostrar el entorno dejando la cámara fija. La importancia de esto se enfatiza con la música. Rítmica, con golpes muy marcados, contrasta con el estatismo del paisaje que se ve vasto, enorme, inabarcable.
El enfrentamiento de los viajeros europeos con este espacio siempre fue conflictivo. Ya desde las primeras expediciones en el siglo XVI resaltaron el carácter imposible para el hombre: el frío y la esterilidad del terreno expulsaban al europeo. Por ello el paisaje no es algo simplemente dado, sino que, tal como señala la investigadora Marta Penhos en Paisaje con figuras (2018), es una construcción social a partir de la que se puede visibilizar valoraciones, usos y representaciones de los espacios.
El fundido encadenado que mezcla como algo indivisible selk’nams y territorio replica lo que a los europeos aterrorizaba: los nativos comprendían un territorio que ellos no, lo que los dejaba en una situación de inferioridad. De allí que verlos como animales reforzaba el carácter de presa y de cazadores, justificando así su eliminación.
«Un hombre menos no es problema, el problema son los indios»
El largometraje elige seguir el punto de vista de la expedición que entiende que los indios son bestias. Salvajes, no comparten códigos, y por ello plausibles de ser eliminados. Estorban en tanto perjudican la propiedad del terrateniente: se comen ovejas. El relato no ahonda demasiado en sus experiencias, ni en lo que hacen o dejan de hacer. De hecho, son una gran ausencia: no figuran prácticamente, los únicos que tienen voz son quienes, de un modo u otro, se han integrado en parte a un modo occidental de proceder.
Gálvez y Antonia Girardi, guionistas del largometraje, basan las breves apariciones en algunas de las imágenes más conocidas. La primera es Kótaix, el espíritu de la ceremonia del Hain, aludiendo a la fotografía de Martín Gusinde de 1923. Para nosotros hoy, un siglo después, es una imagen que produce, mínimamente, extrañamiento. En este caso es una aparición, un registro que mezcla lo onírico y lo real. Lo mismo ocurre cuando vemos el escenario finalizado el primer enfrentamiento. Un evento del que existen múltiples testimonios visuales.
Que la representación que se elija sea la réplica de imágenes lo que hace es agregar una capa más de mediación a esa alteridad que son los selk’nam. Dentro del relato, son el otro para los blancos, pero también para Segundo, e incluso para Kiepja (Mishell Guaña) que deviene en Rosa. Y lo son para nosotros, en la actualidad. Aquí elegir no darles voz es una marca de respeto: no la conocimos, no la podemos conocer, y probablemente no la podríamos interpretar.
“Hemos matado a un montón de salvajes y vamos a seguir haciéndolo”
Volver a estos hechos en el siglo XXI es un gesto político-ideológico que es evidente no busca reforzar lo monstruoso en los lugares donde supo ser encontrado. De allí que el largometraje opera como una denuncia del genocidio selk’nam y, por supuesto, de la connivencia del estado y el accionar de los colonos a la hora de exterminar a los originarios de las tierras ocupadas.
Por esto, son los hombres blancos, los supuestos defensores de la civilidad, quienes no solo cifran la monstruosidad, sino que además la desparraman en otros, contagiándolos y haciéndolos cómplices. Hay dos momentos de violaciones que marcan esto. Por un lado, la violación a una originaria por Bill y MacLennan, que obliga a Segundo, ante su negación, a hacer lo mismo. Al grito de “¿crees que eres mejor que yo?”, lo envía al cuerpo indefenso de la mujer a la que, piadosamente, ahorca.
A diferencia de la primera comitiva con la que se encuentran, la de militares y científicos argentinos, la segunda, la británica, a cargo del Coronel Martin (Sam Spruell), muestra otra cara de la crueldad, la de los rangos, del estatus. El británico, aún cercano a su cultura europea, mata a Bill a sangre fría porque se muestra irrespetuoso ante el escoses. Aquí lo europeo prima frente a lo americano (lo estadounidense lo es, aunque tendemos a olvidarlo). Y lo mismo ocurre entre británicos: inglés no es escoses.
Este ejercicio del poder por parte de Martin habilita la escena siguiente. Ser violado será inevitable para “el chancho rojo” porque el enviado del imperio no gusta de lo nativo. A diferencia de la violación de la nativa, que queda fuera de campo, esta sí la vemos y la cámara se regodea en enfocar en un primer plano el rostro del horror de MacLennan. El monstruo recibiendo al monstruo, y nosotros, como espectadores, disfrutando de la escena grotesca: ¿la venganza es también monstruosa?
“¿Usted quiere o no quiere ser parte de esta nación?”
En un momento, estamos en un paraje austral, donde el frío se puede ver, y empezamos a oír un piano. Abruptamente la escena se mueve a algunos años después de la expedición, en la residencia de Menéndez. Un clima diferente, sombrío, lúgubre, con predominio del negro y el marrón. Allí arribará Vicuña (Marcelo Alonso), un hombre de la capital, enviado a averiguar qué es lo que ha ocurrido en esos lejanos e inhóspitos parajes para contar la historia de la nación de cara a su primer centenario.
Será Josefina Menéndez (Adriana Stuven), hija del terrateniente, quien diga lo que todos allí saben: “hemos matado un montón de salvajes, y vamos a seguir haciéndolo”. El problema aquí no es de contenido, es de forma. Es de cómo contar lo que ya sabemos.
De allí que Vicuña urde un plan: escuchar en voz de un mestizo como Segundo la historia. Dejar registro: escrito y visual. Y él cuenta, sin remordimientos, cómo MacLennan envenenaba sin piedad a un selk’nam tras otro. Porque a fin de cuentas él también está manchado. El debate sobre la culpabilidad o no de quienes son instados a ayudar a un poderoso bajo coacción no lo desarrollaremos aquí, el malinchismo ha quedado viejo y en desuso. Pero sí es cierto que él obtiene lo que le prometieron: un caballo, una casa en su tierra, una vida más apacible. Pero ¿quiere él, quiere su esposa, ser parte de esa nación?
La imagen de los selk’nam se convirtió en la imagen representativa del Chile del siglo XXI. Está en souvenirs, remeras, murales y muchos otros espacios que dan vida a la identidad chilena. Pero se deja de lado explicitar su cruel matanza en pos de explorar económicamente un territorio. Es llamativo que el estreno de Los colonos coincidió con el reconocimiento legal del pueblo selk’nam por parte del estado chileno. Un bicentenario después de su aniquilación.
Finalmente, las ovejas “voraces y salvajes” a las que referencia Tomás Moro en la cita inicial somos un poco todos. Lo son quienes operaron la matanza, lo son quienes la ocultaron, lo somos también quienes replicamos esos órdenes -quizás sin quererlo- en otras relaciones de poder. La lana está manchada de sangre en nuestros estados, pero, como señala Vicuña para apaciguar la culpa, lo que preocupa siguen siendo las formas, no el contenido.


