
Los Fabelmans: Más allá del horizonte Por Claudio Marcelo Mion

La infancia es una etapa de descubrimiento diario, de temores, de miedos, la maravilla que provoca ver por primera vez una película. Hacía muchos años que Steven Spielberg quería llevar a la pantalla ese período fundamental de su vida, y lo logró finalmente con su primer guion para cine luego de Encuentros cercanos del tercer tipo (Close Encounters of Third Kind, 1977) junto a Tony Kushner, con el que había trabajado previamente en Munich (2004) y Lincoln (2012). Sin dudas es una de las mejores películas estrenadas en 2023, pero con alguna reticencia a ubicarla entre las mejores del director. Sin embargo, han pasado varios meses de mi primer visionado y permanece en el recuerdo, lo que prueba que el cine como arte aún puede sorprendernos y generar una emoción genuina.
El director hace lo que muchos cineastas han concebido en estos últimos años, volver a la infancia y la adolescencia, creando sin sus nombres reales relatos autobiográficos: Roma (Alfonso Cuarón, 2018), Dolor y gloria (Pedro Almodóvar, 2019), Fue la mano de Dios (Paolo Sorrentino, 2021), Belfast (Keneth Branagh, 2021), y mucho tiempo atrás Los 400 golpes (Les quatre cents coups, 1959), Amarcord (1974) y Fanny y Alexander (Fanny och Alexander, 1982). Aunque el caso de Spielberg es excepcional: a lo largo de su carrera los que crecimos viendo y admirando sus películas, nos ha dejado las suficientes pistas en ellas para conocer todo de él, sin necesidad de recurrir a entrevistas y documentales. Supimos de su labor contra el antisemitismo (Múnich, La lista de Schindler), su atracción por las historias de la Segunda Guerra Mundial (El imperio del sol, Rescatando al soldado Ryan) y sobre todo la conflictiva relación con su padre y posterior divorcio de su madre (E.T., el extraterrestre, Indiana Jones y la última Cruzada, Atrápame si puedes). Algo que diferencia este proyecto de Spielberg con las películas de los directores mencionados es que buscó adrede en el casting el parecido con los personajes de la vida real.
Todo empieza en una fecha precisa: el 10 de enero de 1952, en una fría noche en New Jersey. El espíritu de la película está en esos planos iniciales. La larga fila para entrar al cine, el miedo de Sammy Fabelman (Mateo Zoryan Francis-DeFord) por ser la primera vez en ir a una sala, las recomendaciones del papá ingeniero Burt (Paul Dano), que le da la definición de la “persistencia retiniana” que permite que muchas fotografías vistas a gran velocidad den la imagen de movimiento, y mamá Mitzi (Michelle Williams), que le dice que “las películas son sueños que nunca vas a olvidar”. Luego la oscuridad, el asombro al ver El mayor espectáculo del mundo (The Gratest Show on Earth, 1952), y la escena de un tren chocando que cambiará la vida del pequeño de 6 años para siempre. En ese comienzo uno se ve a sí mismo, como humilde espectador, cuando iba al cine desde muy chico y se asombraba con las películas que un joven Spielberg hizo en la década del setenta y sobre todo en la del ochenta. Es el cineasta que me hizo descubrir el cine como espectáculo, como divertimento, como sensación de descubrir algo distinto, y es el director que me dio, como a muchos, una formación cinéfila. No solo como director sino también como productor (Poltergeist, Los Goonies, Gremlins, Volver al futuro, entre muchas otras), en esa década en que cada filme en la que aparecía su nombre en cualquier parte de los créditos era tocado por una varita mágica.
Luego de esa noche, y durante la celebración del Janucá, sus padres y familiares le compran a Sammy un juego completo de tren a escala, que va a usar para reconstruir otra vez el accidente de trenes que DeMille plasmó en estudios con la ayuda de efectos especiales. La buena noticia para humanidad es que su padre cuenta con una cámara Kodak de 8 mm (sin sonido, dato no menor) y con la complicidad de su madre, va a utilizarla para ese fin. El plano de asombro de ella al ver el material revelado nos dice que ha nacido el director de cine. En la casa de Phoenix además de sus padres Sammy convive con sus tres hermanas, y son visitados por su abuela paterna Hadassah, su abuela materna Tina y un amigo y colega de su padre a quien llaman tío Bennie (Seth Rogen), y va a usar la cámara para filmar algunos de esos encuentros familiares y los primeros cortos con sus hermanas (hay algunos disponibles en YouTube). Sin dudas Spielberg construye una película familiar, y dedica tiempo a delinear sobre todo el carácter de Mitzi, personaje muy complejo desde el punto de vista emocional y afectivo, es la relación del Sammy de niño y sobre todo en la adolescencia la clave del relato (notable la escena en que Mitzi lleva a sus tres hijos a enfrentarse a un tornado luego de conocer por parte del padre que van a mudarse a Arizona por un nuevo trabajo)
Es en Arizona donde el niño prodigio da sus primeros pasos “profesionales” en el cine. Fascinado después de ver en el cine local Un tiro en la noche (The Man Who Shot Liberty Valance), la película de John Ford de 1962, filma con sus compañeros boy scouts y una cámara de 8 mm Bolex alquilada una de pistoleros y asalto a la diligencia. La proyección en una sala improvisada provoca el asombro de todos los compañeros y sobre todo de su padre, que de a poco empieza a darse cuenta que la afición de Sammy (ya adolescente interpretado por Gabriel De Belle) es mucho más que un hobby (es revelador el dialogo en el auto donde le cuenta como simuló los disparos de las pistolas, “hice unos pocos agujeros con un alfiler en el celuloide”). Después de la muerte de la abuela Tina (gran escena, hecho que va a afectar mucho a su madre), ocurre el viaje de campamento con toda la familia y el tío Bennie que va a dar unas de las escenas reveladoras de la película. Como documentalista Sammy registra todo el viaje, filmando el baile de su madre a contraluz de los faros del automóvil que deslumbra a los mayores y provoca el enojo de sus hermanas. Cuando de vuelta a casa edita el material se produce el descubrimiento casual de algo que permanecía oculto a él y a sus hermanas, aunque quizás no tanto a su padre. Hay algo en esa escena donde Sammy edita en la moviola que me llevó directamente a El sonido de la muerte (Blow Up, 1981), el momento en el que el personaje de John Travolta procesa el audio y descubre que el estallido de un neumático es en realidad un disparo, en este caso Sammy comprueba horrorizado el amor que siente su madre por el tío Bennie.
La escena ocurre poco después de la visita del tío Boris (Judd Hirsh), que provoca en Sammy un efecto demoledor al darle un discurso intenso sobre lo que es el arte (“es meterse en la boca del león y lograr que no te coma”). Luego de filmar el cortometraje Escape to Nowhere, una película de 40 minutos sobre la Segunda Guerra Mundial (partes de ese registro también aparecen en YouTube), y de proyectar a su familia una versión “lavada” de la filmación en el campo, decide que su madre vea lo que realmente muestran esos rollos de super 8 de una aparente felicidad doméstica. Reveladora de la esencia de la película, Spielberg logra emocionar con lo simple y preciso del montaje, la iluminación de Janusz Kaminski, la música de John Williams y las actuaciones de Williams y De Belle.
Un nuevo cambio del empleo del padre mueve la familia a California. Pero esta vez sin Bennie, lo que provoca el quiebre en la familia y que Sammy abandone momentáneamente la idea de seguir filmando. El ingreso a una secundaria llena de muchachos altos y musculosos, con una fuerte tendencia antisemita, le permite también conocer el amor adolescente, una novia ultracatólica con una imagen de Jesucristo sobre la cama. Esta parte es la menos lograda de la película, con algunas secuencias con una estética muy parecida a los filmes estudiantiles de los ochenta. Sin embargo, Spielberg termina la película con una escena extraordinaria. Ya divorciados sus padres, una carta de la CBS lo acerca al estudio con la posibilidad de trabajar de “asistente del asistente” para la televisión, pero se produce un encuentro improvisado con su ídolo John Ford, nada menos que interpretado por David Lynch. Spielberg ha contado en muchas entrevistas que el encuentro realmente existió, lo que no sabemos si las líneas de dialogo son las que se ven en la película, o si Ford le mostró donde tiene que estar el horizonte para saber de arte. Es tal la maestría de esa escena y del plano final que lo único que importa es una cosa: para Steven el cine siempre va a ser más que su propia vida.


