
Blade Runner: La larga noche de Rick Deckard Por Alejandro Reys

El 2002 no fue un buen año. Todo lo contrario. El estallido del último diciembre había sonado con fuerza y estábamos lejos de escuchar sus últimos ecos. Enero trajo el quinto presidente en 11 días, una devaluación brutal y la novedad de que no habría vacaciones familiares. El fantasma de los saqueos militarizaba a los comercios. La crisis económica y social era absoluta. Hacia mayo me quedé también sin viaje de estudios. Nos levantamos a las 3 a.m. para ver a la selección eliminada del mundial en fase de grupos; algo que hacía 40 años no pasaba. En las frecuentes protestas y movilizaciones, la policía asesinaba manifestantes. Al desánimo generalizado se sumaba, en lo personal, la ansiedad e incertidumbre por terminar la escuela y empezar una carrera; por entrar a un mundo nuevo. A los 16 años, era como vivir una distopía en carne propia. Una sensación, admito, probablemente influenciada por mis consumos literarios recientes: del 2000 a esa parte había leído “1984”, descubierto “Un mundo feliz” gracias al disco homónimo de Iron Maiden y completado la santísima trinidad distópica con “Fahrenheit 451”, cuyo autor me abrió la puerta al universo de la ciencia ficción. Precisamente en ese contexto se reestrenó una película que, en su vigésimo aniversario, iba a canalizar todos esos sentimientos, transformándolos en imágenes indelebles: Blade Runner (1982). Y ya nada fue igual.
Cuatro replicantes, avanzados androides producto de la bioingeniería, han arribado ilegalmente a la tierra. Pero las fuerzas del orden enfrentan un problema elemental a la hora de darles caza: resultan indistinguibles de cualquier ser humano. Se le asigna entonces a Rick Deckard, un experimentado ex-policía devenido cazarrecompensas, la tarea de encontrarlos y “retirarlos”; un eufemismo para el asesinato. Esta premisa y la trama subsiguiente son tomadas casi textualmente de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick. Ese casi, sin embargo, esconde algunos cambios interesantes. El aporte principal de Hampton Fancher en la adaptación fue alejarse del tono ligeramente satírico de la novela, para convertir la historia en un noir. Algo que recae mucho en el protagonista, percibido en el libro como “(…) un tipo del montón, nada impresionante. Cara redonda, lampiño, facciones suaves, como el oficinista dedicado a labores burocráticas”. Mientras que en la película Deckard, recio e independiente, es convocado para subsanar la incompetencia de su predecesor, en la novela es exactamente lo contrario: un funcionario de segunda línea, que gana protagonismo solo cuando el cazarrecompensas estrella queda fuera de combate. Lejos del detective ladino que se enamora de la femme fatale, es un empleado gris, casado y deprimido por su nula capacidad de progreso. Fancher, en cambio, admite que escribió el personaje pensando en uno de los íconos del cine negro: Robert Mitchum.
Este viraje de tono, no obstante, no se limita solo a personajes o aspectos temáticos. Otro cambio, sutil pero significativo, consiste en trasladar la historia de San Francisco a Los Ángeles, la ciudad noir por antonomasia. Algo que se expresa no solo verbalmente, sino también a través de la presencia de ciertos hitos como el edificio Bradbury o la estación Union Station, escenarios de incontables películas del género. Sin ley y sin alma (Criss Cross, 1949), D.O.A. (1949), la mismísima Union Station (1950), la remake estadounidense de El vampiro negro (M, 1931) dirigida por Joseph Losey en 1951, Testigo accidental (The Narrow Margin, 1952) o Barrio Chino (Chinatown, 1974), entre muchas otras, ya habían recurrido a estas locaciones, que parecen remitir instantaneamente a gabardinas y sombreros fedora. Sumado a eso, aunque durante los primeros minutos Blade Runner nos muestra su lado más sci-fi, apenas bajamos al nivel de la calle para conocer a nuestro protagonista encontramos varios elementos estilísticos familiares en este tipo de relatos: la noche (con la consiguiente abundancia de chiaroscuros), el humo y la lluvia incesante, dominan prácticamente cada plano. La banda sonora de Vangelis, por último, frecuentemente combina sintetizadores con el jazz característico del cine negro (principalmente en el tema “Blade Runner Blues”, utilizado por ejemplo en la muerte de Zora), completando la atmósfera melancólica de rigor.
La trama, mientras tanto, no reviste gran complejidad; sin giros argumentales, revelaciones sorprendentes, traiciones, ni conspiraciones ocultas por descubrir. Le encargan a Deckard encontrar a los androides, los encuentra, fin. Algo que la crítica (estadounidense especialmente) le reprochó mucho en su momento, junto a su ritmo lento. Obviando que, precisamente, ese no es el punto. Amén de todo el aspecto existencialista, que ya de por sí justificaría el ritmo, el mayor esfuerzo está puesto en construir un universo en el cual el espectador pueda sentirse inmerso. Es en esa búsqueda donde Blade Runner encuentra una estética propia y (para entonces) única, valiéndose de un eclecticismo feroz. El maridaje entre el noir y el sci-fi, que combina desenfadadamente humo y oscuridad con neones y autos voladores, conforma solo la punta de lanza de un criterio que alcanza prácticamente todos los aspectos. En un momento en el que la globalización estaba por entrar en ebullición (y el término aún no existía como tal), Ridley Scott crea ese mundo como una amalgama de estilos arquitectónicos, etnias, culturas e idiomas, que resulta tan congruente como hipnótico. A tal punto que inaugura, en el cine al menos, todo un subgénero de la ciencia ficción, el cyberpunk, infinitamente replicado de ahí en adelante. No por nada en 2007 fue elegida por la Sociedad de Efectos Visuales de Hollywood como la segunda película más visualmente influyente de la historia, sólo debajo de La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977).
En un breve pasaje de la novela, Pris explica a J.R. Isidore (rebautizado J.F. Sebastian en la película) que es la ficción precolonial: libros, revistas y películas sobre viajes espaciales, anteriores a los viajes espaciales. Es decir, nuestra ciencia ficción. Isidore plantea que algo así debe hacerte sentir peor y ella responde simplemente que no. Desde su presente desesperanzado, entiende la ficción especulativa del pasado como algo emocionante, la idea de lo que podría haber sido y no fue. En palabras de Picasso, «el arte es una mentira que nos hace ver la verdad». Hoy, cuando la actualidad resuena nuevamente con notas distópicas, cuando la violencia es moneda corriente y la empatía escasea, Blade Runner me vuelve constantemente a la mente. Una película que, hace más de 40 años, veía nuestro presente de forma desoladora. Posiblemente en parte debido a eso, hay a quienes no les gusta. Y es entendible, porque la pasas realmente mal. Es angustiante, aunque sea solo por dos horas, vivir en ese mundo. A lo mejor, como a Isidore, te deprime su existencialismo y la búsqueda de lo humano en ese mundo devastado, que es el nuestro. O a lo mejor después de la angustia, cuando terminan los créditos, prendes la luz y salís a la calle, te pasa como a ese pibe de 16 años a mitad del 2002… y te das cuenta de que, por ahora, no todo está tan mal como podría.

