Con un fracaso… millonarios (The Producers): Mel Brooks, el verdadero rey de la comedia Por Claudio Marcelo Mion

Cuando Mel Brooks llega a dirigir su primera película Con un fracaso… millonarios (The Producers) en 1968, ya era una figura reconocida en el mundo del teatro, y, sobre todo, de la televisión de esa década. Melvin James Kaminsky, su verdadero nombre, nació en 1926 en el seno de una familia judía de Brooklyn, y luego de haber servido en el ejecito casi sobre el final de la Segunda Guerra Mundial, comenzó su carrera artística como baterista y pianista, y mas tarde como guionista de stand up. Con su reputación en alza en el off-Broadway de New York, fue contratado como escritor de comedia, junto a Carl Reiner y Neil Simon, en un innovador show televisivo de variedades estructurado en sketches que se llamó Your Show of Shows, que se emitió hasta mediados de los años cincuenta. En 1965 crea, junto con el guionista y actor Buck Henry, la serie de comedia por la que seria recordado por siempre, El superagente 86 (Get Smart), genial parodia de las películas de James Bond.
En el medio del éxito de la serie, Brooks dio vueltas con una idea algo excéntrica y poco usual para esa época: una comedia musical sobre Adolf Hitler. En principio, exploró la idea como una novela y una obra de teatro antes de escribir un guion para el cine. Finalmente, pudo encontrar dos productores para financiar la película, y con la ayuda también de sus amigos Zero Mostel y Gene Wilder, que serían los protagonistas, pudo iniciar el rodaje en mayo de 1967. La historia es la de Max Bialystock (Zero Mostel), un extravagante productor de Broadway en la ruina que financia sus obras seduciendo a adineradas ancianas, y la del tímido contador Leo Bloom (Gene Wilder), que se unen para crear una obra teatral que resulte un fracaso y así poder quedarse con el dinero invertido. Para lograr ese objetivo realizan la puesta de la peor obra de la historia, “Primavera para Hitler” (el titulo original de la película), con nazis bailarines y esvásticas en el escenario, pero todo termina como menos se lo esperan.
Muchos de los productores a los que Mel Brooks les acercaba su guion, la mayoría de ellos judíos, huían aterrorizados, y con razón. En principio la descripción del mundo de la oficina de un productor de Broadway en la que transcurre gran parte de la película, deliberadamente teatral, con el desfile de ancianas intercambiando favores sexuales a cambio de dinero con el inescrupuloso y turbio Bialystock, su alianza con el corruptible e histérico Bloom, y con una sensual asistente sueca cosificada incluida (Lee Meredith), que escribe en la máquina de escribir una letra a la vez. A esto se suma todo el proceso de la puesta en escena de la obra. La elección del peor dramaturgo del mundo, un nazi demente con casco de la Segunda Guerra Mundial que todavía cree en el Tercer Reich y vive en una terraza con palomas mensajeras llamado Franz Liebkind (Kenneth Mars). El narcisista director gay vestido de mujer Roger De Bris (Christopher Hewitt). Y la elección del peor actor, con un casting de postulantes con vestuario y bigotito a lo Hitler, en el cual eligen a un hippie loco con una lata de sopa Campbell de collar, botas hasta la rodilla, hiperactivo y adicto a los ácidos Lorenzo S. Dubois, más conocido como LSD (Dick Shawn).
Para que la comedia funcione es imprescindible la química actoral entre los protagonistas, y esta definición es la mejor que les cabe a Max y Leo. Zero Mostel provenía del mundo del teatro y la comedia musical, tenía una carrera en el cine que fue interrumpida por la acusación de comunista por parte del Comité de Actividades Antiestadounidenses en 1952, que lo marginó a la lista negra del senador Joseph McCarthy por más de diez años. Su personaje de estafador rompe varias veces la cuarta pared, con un peinado ridículo hacia atrás que comienza justo por encima de la línea del cuello, y cuyas expresiones faciales son impagables, con sus ojos saltones que dicen mucho (“¿Ves esto?”, le dice a Bloom, “Aquí solía haber una perla tan grande como tu ojo. ¡Mírame ahora! ¡Llevo un cinturón de cartón!”). Por su parte, Gene Wilder era una figura nueva en 1968, con un pequeño pero importante papel secundario en Bonnie & Clyde (Arthur Penn, 1967). Está perfecto como el vergonzoso y acelerado contador, arrastrado por su socio accidental a las consecuencias de una estafa para la que parece no estar preparado, con ataques de histeria incómodamente extravagantes (“esta toalla azul me permite controlarlos y no quiero que nadie la toque”). La cámara de Brooks trabaja en conjunto con las actuaciones exageradas aprovechando al máximo los primeros planos repentinos y extremos, lo que se traslada también a medida que van a apareciendo los otros personajes secundarios.
A diferencia de la obra posterior del director, la película trabaja la comedia física, con gags aislados, y en su mayor parte la sátira del nazismo. Ahí es cuando aparece la escena más recordada, la representación en un escenario de Broadway del musical Primavera para Hitler. La obra, escrita por el desaforado Liebkind, muestra a bailarinas de las SS marchando a paso de ganso con botas militares, y letras como: “¡No seas tonto, sé inteligente! ¡Ven y únete al Partido Nazi!”, para finalizar con el grupo formando una cruz esvástica, homenaje de Brooks al director y coreógrafo Busby Berkeley, famoso por sus películas musicales que incluían complejas formas geométricas.
La película recibió críticas variadas: las palabras que más se usaron fueron “mal gusto” y “abyecta” por lo que se hundió en lo mas bajo de la taquilla rápidamente. ¿Estaba el público preparado para ir a cine a ver una sátira de Hitler apenas a 23 años del fin de la Segunda Guerra Mundial? La película parte de una idea genial que además de burlarse del nazismo también arremete muy duramente con el espectador que en la ficción va a presenciar la obra, ya que premia con un éxito un musical que se llama “Primavera para Hitler”. A pesar del fracaso la película le reportó a Brooks su primer Oscar, el de mejor guion original en la entrega de premios de 1969, en la que Wilder también fue nominado como mejor actor de reparto, y hoy es una de las películas más aclamadas del director (tiene el puesto 11 en la lista de las 100 mejores comedias de la historia del American Film Institute y se agregó al Registro Nacional de Cine de la Biblioteca del Congreso de EEUU en 1996).
Luego de esta película, Mel Brooks ingresó en su etapa de gloria cinematográfica. La de 1970 fue la década en la que pudo amalgamar al publico y a la crítica en un suceso tras otro. Todas se convirtieron en clásicos y la parodia es lo convirtió en el rey de la comedia. Para poder disfrutarlas el espectador tiene que conocer situaciones o escenas de películas específicas. Así tenemos el western en Locuras en el Oeste (Blazing Saddles, 1974), el terror en El joven Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), el cine mudo en La última locura de Mel Brooks (Silent Movie, 1976) y las películas de Alfred Hitchcock en Las angustias del Dr. Mel Brooks (High Anxiety, 1978). Junto a Woody Allen y sus primeras peliculas, Robo, huyo y lo pescaron (Take the money and run, 1969), Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar (Everything you always wanted to know about sex but were afraid to ask, 1972), también paródico pero que ya asomaba si se quiere un poco más proclive al chiste intelectual; establecieron una corriente de humor que iba por debajo del cine mas duro y violento del New Hollywood que asomaba en EEUU, con películas como Busco mi destino (Easy Rider, 1969) de Dennis Hopper, Perdidos en la Noche (Midnight Cowboy, 1971) de John Schlesinger y Contacto en Francia (The French Connection, 1971) de William Friedkin.
La película tuvo su versión musical de Broadway en 2001, una de las premisas originales de Brooks, y se transformó en un éxito descomunal. Ganadora de 12 premios Tony, fue protagonizada por Nathan Lane y Matthew Broderick y se representó en varios países, incluido Argentina. También estuvieron al frente del filme de 2005, junto a Uma Thurman. Aunque estuvo nominada a varios premios y tuvo un moderado éxito de público, la dirección a cargo de la coreógrafa Susan Troman no alcanza el vuelo de la película original, que si gana cuando aparece en el guion del propio Mel el humor previo a la corrección política actual, con el desfile de los estereotipos sexuales y raciales más básicos posibles, que aún pueden incomodar a algún sector del público. Cuando lo consultan por esto, Mel Brooks siempre responde: «Sí, siempre hago cosas de mal gusto; pero con inteligencia».

