
La saga Hatchet: ¡Papi, papi! (¡Si escuchas esos gritos, corre!)

¿Qué puede resultar de la combinación entre un asesino en serie sobrenatural, efectos especiales a la vieja usanza y la dosis justa entre el gore extremo y la comedia más bien simplona pero efectiva? Sí señores; la tetralogía Hatchet (Hatchet 2006, Hatchet 2 2010, Hatchet 3 2013 y Víctor Crowley 2017).
Esta saga compuesta hasta ahora por cuatro películas escritas y dirigidas por Adam Green, con excepción de la tercera es un producto serie B (con todas las letras), ya que cuadra perfectamente, primero por su esmirriado presupuesto, menguante en cada entrega, cuyas limitaciones no le quitan ningún mérito al absurdo y principalmente a la nostalgia, homenajeada esta última hasta límites exagerados, elementos estos que se pasean sin complejo alguno por toda la saga, de principio a fin.
La historia es bastante simple; Víctor es un niño que ha nacido deforme, víctima de una maldición lanzada por su madre moribunda, como consecuencia de ser el hijo que su esposo tuvo con quien fuera la mucama del matrimonio. Víctima de acoso permanente, su padre decide aislarlo del mundo exterior hasta que en una trágica noche de Halloween unos chicos incendian su casa, y su padre, le da muerte de manera accidental, asestándole un hachazo en la cara. A partir de ese momento nacerá el villano Víctor Crowley convertido en un fantasma asesino, en busca de su padre, fallecido diez años después de su propia muerte, con un apetito y sed de venganza no solo hacia quienes causaron su muerte, sino hacia todo ser humano que aparezca por sus dominios.
Ese es en líneas generales el “esqueleto” de la historia, la cual se irá develando a lo largo de cada película. Víctor es en definitiva un revenant, un espíritu vengativo que no dudará un instante en masacrar a quien se le ponga delante. Las tres primeras entregas de la saga transcurren en una misma línea temporal, ya que cada una de ellas corresponde a un día, a excepción de la cuarta que lo hace diez años después
Además, funcionan como una historia lineal donde cada película comienza justo en el punto donde termina la anterior. La saga transcurre en Louisiana, New Orleans en la zona de los pantanos, más precisamente en un lugar llamado Honey island; hogar de Víctor. Es acertada la localización, donde abundan las leyendas y el vudú (vestigios de los pobladores negros que perduran aun hoy).
¿Qué podemos esperar de un slasher como este? Muertes. En la primera entrega será un grupo de turistas con personajes tópicos, en la segunda serán pobladores del lugar, en la tercera un grupo de policías y en la cuarta un grupo de documentalistas de televisión y alguno que otro personaje más. En cada una de ellas el villano morirá para luego resucitar mediante algún conjuro como ocurre en la cuarta peli, muy al estilo Evil Dead·, por cierto.
Hay razones para tener una mirada benevolente hacia esta tetralogía, y es el hecho de que es un producto de este siglo, homenajeando a los envejecidos slashers del anterior. Ya en los años 90 el posmodernismo había llegado a este subgénero en forma de parodias de construcciones autoconscientes y nuevas interpretaciones de los cánones del slasher, como lo hiciera Wes Craven con la exitosa saga Scream.
En 2006 Adam Green nos presenta su Hatchet como una especie de enciclopedia que irá llenando sus páginas con un compendio de todos los clichés del género; repleta de guiños, cameos y homenajes. El creador nos regala una saga nostálgica con más ánimo de visitar y desempolvar el género que de revitalizarlo. Consciente de ser una broma que nunca pretende tomarse demasiado en serio no intenta una voluntad discursiva que vaya más allá de la simple explotación y del desfile de cadáveres y mutilaciones de rigor. Apartado especial merecen las muertes, una más sangrienta y original que la otra. Hay destripamientos, empalamientos, decapitaciones, aplastamientos, todos hechos de manera artesanal, con sangre literalmente echada a baldazos, en ausencia del artificial CGI y eso se agradece.
El asesino es muy similar al Jason Vorhees de Sean Cunningham. Ambos tienen un origen sobrenatural, ambos han sido asesinados y ambos también tienen como motivación la rabia y sed de venganza por haber sido acosados y despreciados. Tanta admiración por parte de Green tiene como corolario el hecho de que en una y otra saga, el villano está interpretado por Kane Warren Hodder, actor que ha encarnado a Jason en cuatro oportunidades. Es más, en la tercera Hatchet hay una pelea cuerpo a cuerpo entre un policía y Víctor, que bien podría resumirse en un “Jason vs Jason”, ya que se trata de dos actores que encarnaron al icónico personaje en distintas épocas.
Los homenajes y referencias al cine de terror de la década del 80 no terminan ahí. En la escena que da inicio a la franquicia el primer destripado por Crowley es Robert Englund, el eterno Freddy Krueger. También tiene su papel de maestro vudú Tonny Todd, el Candyman original. Y no serán ellos los únicos que han encarnado a personajes legendarios de décadas pasadas, la lista es mucho más extensa, por supuesto.
Otro punto para destacar es el humor negro presente en las cuatro entregas, sobre todo en la última donde ya son más persistentes los momentos de comedia absoluta y de autoparodia (las escenas donde explican muy someramente el por qué aparece un mismo actor haciendo distintos personajes, por ejemplo).
Para finalizar cabe destacar que como fiel exponente del subgénero slasher, acá también hay una “final girl” cuyo nombre es Marybeth, que sobrevive porque en definitiva cumple con el “mandato” moral de la chica que no tiene relaciones sexuales a la vista, ni muestra sus pechos en ninguna de las películas y es que en Hatchet hay un festival de tetas que le da ese toque “ochentoso” que ya venía perfilándose. Y ya que entramos en este terreno es interesante desmenuzar este género, que a primera vista aparece como superficial, básico y dirigido a un público adolescente sin ninguna pretensión que vaya más allá de ver chicas en paños menores, y posiblemente ese sea su objetivo; pero en todos ellos hay cierta alegoría a un tipo de moral, política e ideológica. Y es que debajo de esas capas de vísceras y personajes tontos de hormonas exacerbadas, se evidencian profundas connotaciones marcadamente conservadoras. si algo es obvio en este tipo de películas es el recurso de la sexualidad como parte de su estructura narrativa, no ajena a un discurso moralista y castigador, Y se extiende más allá del plano sexual, pues son castigados impiadosamente aquellos que no siguen rigurosos valores conservadores, que podrían estar reflejados, como ya se ha mencionado, en el personaje de la final girl.
Es un cine con una marcada inclinación maniqueísta, dividida entre víctima y victimario; una sobreviviente y unos personajes destinados a morir por sus características. Es un rito donde el más apto logra llegar a cumplir ese tránsito, dando rienda suelta a cierta lógica individualista-capitalista, donde el asesino pasa de ser una amenaza a un castigador. Aunque Hatchet se salta inteligentemente alguna de estas convenciones que subyacen en el género, no escapa a las “generales de la ley”, ya que, al igual que en “Viernes 13”, o “Las colinas tienen ojos” y “La masacre de Texas”, entre otras, mucho tiene que ver y decir la ubicación geográfica donde transcurre la saga: ese concepto de la América profunda, donde el bosque, los pantanos, esos sitios alejados de la “civilización” representan un peligro, una amenaza constante, que se erige fuera de esa fortaleza que es la ciudad, ese mundo “civilizado” y “correcto” que confronta la barbarie, la brutalidad que está albergada enfrente, en ese otro que es un extraño, una amenaza ya no, proveniente del exterior, sino desde dentro del mismo país…el enemigo interno. Un desconocido que no comparte el mismo esquema de valores citadino y mundano, el que probablemente pondrá en jaque al “racional bicho de ciudad”.
¿Tendremos una quinta entrega? Seguramente sí, y es que más allá de malas críticas, o cada vez más bajo presupuesto; este tipo de cine seguirá gozando de buena salud, mientras nos siga entregando violencia explícita, desnudos en abundancia y por sobre todo, mientras siga transgrediendo límites con la picardía adolescente que constituye un sello característico de Hatchet y de todo un subgénero que se resiste a morir…como Víctor Crowley.
Por Adriana Jadinkiewicz



