
Cuando acecha la maldad: La maldad es el otro Por Alejandro Reys

Lunes 6 de noviembre, 01:52 a.m. – Los shoppings desiertos y con los locales cerrados siempre me provocaron cierta incomodidad, de la cual culpo en parte a El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 1978). Lo que acabo de ver no mejora en absoluto esa sensación. Todo lo contrario. Bajo por la escalera mecánica, en completo silencio, al igual que casi toda la gente que me rodea. Salimos de ver Cuando acecha la maldad (2023) en una función de medianoche. Agradezco para mis adentros la muda compañía, pero no dura mucho; el anónimo grupo se dispersa a la salida del centro comercial. Tras caminar media cuadra y girar en la esquina, ya no veo a nadie. Ahora diez cuadras me separan del hostel donde me hospedo. Diez cuadras a través de un barrio residencial marplatense, no muy distinto del que vi en la pantalla hace unos momentos: casas bajas, techos de tejas, jardín al frente, algún perro que ladra desde atrás de una reja. No hay ni un alma en la calle. Apuro el paso. Me digo que la temperatura bajó considerablemente desde que entré al cine y me falta abrigo, pero sé en el fondo qué es porque quiero llegar lo antes posible. Para alguien que se considera bastante escéptico, es algo difícil de reconocer. Pero la película me dejó una sensación bastante angustiante, un inexplicable desasosiego que infecta y transforma por completo el recorrido que ya hice un par de veces en los últimos días. Pasando apenas la mitad del camino, un ruido repentino me sobresalta. Filtradas por un característico murmullo de lluvia, suenan como voces provenientes de una radio a todo volumen, que alguien hubiese prendido de golpe. Miro a mi derecha; parece venir de una casa de vegetación tupida, completamente a oscuras. Redoblo el paso, no pretendo comprobarlo. Llego a mi destino y voy directo a acostarme, aunque no me resulta tan fácil dormirme. A la mañana siguiente, después de desayunar, me espera otra película, por lo que repito el trayecto de la noche anterior, en sentido contrario. Elijo la vereda de enfrente esta vez. Me detengo frente a la casa, a la cual no le había prestado especial atención hasta entonces. Con la luz del mediodía, no parece particularmente amenazante. Salvo por el cartel que anuncia que se encuentra en venta y, a juzgar por su estado general, abandonada hace algún tiempo.
“¿Escuchaste?… ¿Que, es en nuestro campo eso?”. Cuando acecha la maldad empieza in medias res, con los hermanos Jaime y Pedro Yazurlo sobresaltados a mitad de la noche por una serie de disparos, que provienen de las inmediaciones de su casco de estancia. El plano secuencia inicial nos pone inmediatamente en el contexto de un entorno rural, una amenaza desconocida y dos personajes con una dinámica familiar, reflejada en el tono paternal con el que Pedro explica las cosas a su hermano menor y le dice que se abrigue antes de salir. Deciden esperar al alba para ir a investigar. Es entonces cuando un descubrimiento macabro en el bosque cercano los lleva a encontrar algo aún peor: un encarnado; una suerte de poseído, un embichado, que puede llegar a desatar el mal en toda la zona. A partir de ese instante, las malas decisiones y las situaciones espantosas se alternan y agolpan una tras otra. Mediante un par de técnicas de montaje, que incluyen una serie de elipsis violentas y la recurrencia del “corte J” (superponiendo sobre una escena el sonido de la siguiente), la película pone en marcha un tren del horror que acelera gradual pero rápidamente, alcanzando un ritmo frenético de un momento al otro. Para cuando por primera vez decide apenas desacelerar y darnos un respiro, introduciendo junto al personaje de la abuela Sara uno de los escasísimos momentos de humor, ya estamos a mitad de camino. Ya es tarde para bajarnos. Y todavía falta lo peor.
“A lo podrido hay que sacarlo, antes que se pudra el resto”. Ruiz, dueño del campo donde todo se origina, usa una metáfora rural para justificar sus intenciones. Pero refiere también, en cierto modo, al abordaje que la propia película hace del género. Aunque a simple vista podría parecer “una de posesiones”, resulta difícil encasillar a Cuando acecha la maldad en un subgénero específico. Subvirtiendo muchos de los elementos recurrentes (podridos) de este tipo de películas, los combina inteligentemente con otros, creando algo fresco. Desde un principio, abandona rápidamente el típico componente religioso. La figura católica del exorcista es reemplazada por la más científica del limpiador, quien no pretende salvar al poseído, ni siquiera su alma. Su tarea es matarlo. Ruiz tiene razón: esta posesión es contagiosa, es como una infección que se va expandiendo. Primer punto de contacto con otro subgénero, el cine de zombis. La cuestión de los impulsos canibalísticos es también evidente. Pero subyace además un aspecto habitual, desde La noche de los muertos vivos (Night of the Living Dead, 1968) a esta parte, en este tipo de películas: un cierto espíritu post-apocalíptico. Una sensación de desolación, donde todo está perdido, donde, desde un principio y sin importar sus acciones, nadie está a salvo. Finalmente, completan el brebaje algunos ingredientes del folk horror, como el entorno rural, el aislamiento y la superstición. Pero, a diferencia de la habitual figura foránea que desconoce el peligro, son aquí los lugareños quienes deben enfrentar los horrores de su propia tierra.
“Hay un protocolo para estos casos. Nosotros llamamos, viene salubridad, ellos lo resuelven. Listo”. Algo que nos hace conectar inmediatamente con el conflicto de la película y posibilita su ritmo furioso (especialmente en la primera mitad), es que nos tira de cabeza dentro de su propio universo. Y no solo porque empieza en plena acción. Ya en la segunda escena introduce la mitología de los limpiadores; lejos de asombrarse, uno de los protagonistas afirma haber visto eso antes. En la siguiente, conocemos la existencia de los embichados, que es algo sabido por todos y que hay incluso un modo específico de manejarlos. Si alguien presenta dudas, es sobre si en efecto se trata de uno de esos casos; nadie discute la existencia del fenómeno mismo. El guion no se detiene en exposiciones innecesarias, completando la información sobre la marcha y construyendo el verosímil muy velozmente, casi sin darnos tiempo a cuestionarnos nada: esto está pasando, hay que hacer algo al respecto. Más aún, en la realidad que propone la película, esto ya pasó. Mirtha, miembro retirada del culto de los limpiadores, nos lo confirma al final del segundo acto. Evidenciando, además, mediante la constante referencia a la lejanía de “la ciudad”, el mencionado espíritu post-apocalíptico que sobrevuela permanentemente: lo que presenciamos es algo que ya están viviendo, probablemente en mayor escala e intensidad, los centros urbanos. Y trasluciendo la aterradora idea de que lo que parecería transcurrir en un mundo fantástico, podría en realidad estar hablando de un futuro cercano.
«Nos recomendaron que nos vayaramo’ a la mierda» dice Jimi, con una gramática polémica pero enormemente elocuente, pequeño ejemplo de algo constante en Cuando acecha la maldad: un vocabulario lleno de localismos, voces lunfardas y coloridos insultos, como «Salimos con la clara», “Colifa” o “La concha de Dios”. Desde un principio, queda claro que se trata de una película marcadamente argentina. Al entorno y personajes que presenta en la escena inicial, suma inmediatamente la melodía de tonos campestres que acompaña la secuencia de créditos (y que guarda ligeras reminiscencias a la banda sonora del argentino Gustavo Santaolalla para el juego The last of us, otra historia de infectados), por si quedaba alguna duda. Un anclaje en lo local que conecta también, de alguna manera, nuevamente con el folk horror; subgénero que siempre ha sabido abordar, mediante fábulas relativamente fantásticas, temas tabú o complejos vinculados a lo regional. Porque el lenguaje y el contexto sólo constituyen la punta visible del iceberg. Bajo la superficie, la historia resuena con cuestiones y problemáticas profundamente nacionales, como el padecimiento de los pueblos fumigados, la flagrante inoperancia policial, la inacción estatal en aspectos fundamentales, la mezquindad y paranoia de la clase hacendada, la xenofobia para con inmigrantes de países limítrofes y otros tantos, que enriquecen de subtexto lo que podría haber sido una simple historia de terror. Incluso, referenciando el considerable relegamiento que sufre el resto del país con respecto a la capital, pareciera que hasta el mismísimo apocalipsis tardaría en llegar a ciertas regiones.
Domingo 10 de diciembre, 20:32 p.m. – Hoy no es un buen día. Pretendiendo fingir demencia, treinta y cinco días después de haberla visto por primera vez, estoy nuevamente en una sala de cine esperando que empiece Cuando acecha la maldad. No es la segunda vez, tampoco la tercera. Con las sucesivas revisiones, encuentro siempre nuevos detalles que me fascinan. Pero hoy vine por otro motivo. Hoy tengo la esperanza de que el horror de mentira me haga olvidar el de verdad, al menos por un rato. Termina el último trailer y empieza la película. No pasa mucho antes de darme cuenta de que me equivoco. La aparición de Ruiz y su mención del estado me dispara de golpe una serie de lecturas que, hasta ese momento, no había tenido; al menos no conscientemente. Ideas que se me quedan dando vueltas hasta que, mientras sacan a Uriel de su casa a rastras, pienso en la cantidad de escenas donde varios personajes hablan y hacen cosas y gritan al mismo tiempo, superponiéndose, sin entenderse. Pienso en cómo el terror, las grandes obras de terror, tiene la capacidad de canalizar particularmente bien (más que otros géneros) los espíritus de época, los temores y malestares sociales; aun excediendo, muchas veces, las intenciones de los propios autores. Pienso también en la famosa frase de Heráclito y en que nunca vemos dos veces la misma película. Hace un mes, tuve una profunda sensación de desasosiego, de inevitabilidad, de que toda esta gente estaba perdida desde un primer momento; la sensación de que, sin importar lo que hicieran, la maldad estaba destinada a ganar. Hace un mes, probablemente, tenía otras preocupaciones en mente. Hoy en cambio, siento lo contrario. Hoy, mientras en la pantalla se proyecta el horror, me resulta imposible no trazar paralelismos con la actualidad política y social del país. Hoy siento que la maldad era algo totalmente evitable. Que todos los personajes, en mayor o menor medida (y con las mejores intenciones sin duda), por miedo, inoperancia, ignorancia, odio o simple egoísmo, ayudan a que surja la maldad. Empujados, digamos todo, por la inacción del estado en primer lugar. Ahora de repente pienso en el título como una pregunta y la respuesta me resulta obvia: la maldad siempre acecha. Y me invade la sensación de que, por lo general, es mucho menos sobrenatural y está mucho más cerca de lo que creemos.


