Chicas pesadas: Los jueves vestimos de luto Por Alejandro Reys

En el 2004, a los 18, iba mucho al cine. Ya desde el año anterior, la sede local de una conocida cadena había decidido, producto de la (última de tantas) crisis, incentivar la asistencia del público poniendo las entradas al hoy irrisorio valor de tres pesos. Tres. Que miseria. Desde ahí, había adoptado la costumbre ir al menos una vez por semana, a veces más. Y la cartelera acompañaba, en cantidad y variedad. Para septiembre ya había visto en sala probablemente cerca de 50 estrenos que barrían todos los géneros, yendo de la comedia de Mi novia Polly (Along Came Polly, 2004) al terror de En compañía del miedo (Gothika, 2003), pasando por la acción de El pago (Paycheck, 2003), el drama de Río místico (Mystic River, 2003), el suspenso de La ventana secreta (Secret Window, 2004) y la aventura de Hellboy (2004). El primer jueves de octubre, mientras tanto, se iba a estrenar una película que (ilusamente) esperaba con ganas, Alien vs. depredador (Alien vs. Predator, 2004); sumándose a una cartelera donde se superponían cosas como La supremacía de Bourne (The Bourne Supremacy, 2004), Hombre en llamas (Man on Fire, 2004), La terminal (The Terminal, 2004), La aldea (The Village, 2004), Colateral (Collateral, 2004) y Shrek 2 (2004), que acumulaba la increíble suma de 16 semanas de proyección ininterrumpida. Pero entre tal cantidad de opciones, ese mismo primer jueves de octubre me pasó desapercibido otro estreno. Uno que se vió en una única sala, con solo dos horarios y que duró apenas una semana: Chicas pesadas (Mean Girls, 2004).
Cady (Lindsey Lohan) tiene 16 años y nunca fue a la escuela. Más aún, hasta ahora vivió prácticamente aislada de la sociedad, tras pasar su niñez y primera mitad de la adolescencia en áfrica, siendo educada en casa por sus padres zoólogos. Pero todo cambia cuando empieza a asistir a la secundaria y, desde el primer día, se enfrenta a las dinámicas de grupo y códigos de comportamiento de una fauna completamente desconocida. Aunque recurre a la típica estructura de película estudiantina estadounidense Chicas pesadas anuncia desde el primer minuto, con esta premisa que roza el absurdo, que no maneja el humor habitual de esas comedias. Y, aunque dirigida por Mark Waters, quien venía de tener un enorme éxito con Un viernes de locos (Freaky Friday, 2003), la principal artífice de esto es la comediante Tina Fey, estrella y guionista desde mediados de los ‘90 del popular late show Saturday Night Live. Curiosamente, para el que sería su primer (y único, hasta la nueva versión de este año) guion para cine, Fey se basó en un libro de autoayuda para padres de chicas adolescentes. Aunque lejos todavía siquiera de ser madre, vió en la descripción de los comportamientos de ese grupo etario y el concepto de “agresión relacional”, materia prima invaluable para la comedia. Y así lo pitcheó a su jefe, Lorne Michaels, creador y productor de SNL y varias películas salidas de ese riñón, como El mundo según Wayne (Wayne’s World, 1992) o Tommy Boy (1995). Según ella, su respuesta fue: «Bueno, pero ¿pueden tener autos y ropa cool?».
En 2008 se fundó una página que unos años después, coincidentemente con el cambio de década y la explosion de Facebook, Twitter e Instagram, alcanzaría una enorme popularidad: 9gag. Hecho que suele señalarse como fundacionale para la “cultura del meme” en internet. Fue en ese punto que a los rage comics, los demotivational posters y los memes primitivos como el filosoraptor, se empezaron a sumar referencias a la cultura popular; bebiendo de un rango amplio de fuentes, yendo de ejemplos contemporáneos como Rick Grimes haciendo malos chistes a su hijo, al Gene Wilder condescendiente de Willy Wonka y su fábrica de chocolate (Willy Wonka & the Chocolate Factory, 1971). En ese contexto y a casi una década de su estreno, Chicas pesadas empezó a demostrar su enorme impacto cultural, generando no menos de media docena de memes basados en frases icónicas, que serían compartidos hasta por la mismísima primera dama estadounidense. Desde entonces suele aparecer en listas que reunen “Las películas más citables de la historia”. A esto se suma la instauración en redes sociales del 3 de octubre como el “Mean Girls Day”, del cual el propio elenco se ha hecho eco muchas veces participando de eventos benéficos. Y dicho impacto cultural se mantiene intacto hasta el día de hoy. En 2020 el primer ministro de Irlanda, habiendo sido desafiado por el actor Sean Astin a citar la película, afirmó durante una conferencia de prensa sobre la pandemia: “Algunos han preguntado si hay un límite a lo que podemos lograr” y agregó “mi respuesta es que el límite no existe”.
Mientras escribo esto termina el último jueves de noviembre. Comparar la cartelera de hoy contra aquel primer jueves de octubre (o cualquier otro) de 2004 resulta bastante deprimente. La caída en cantidad de opciones es lo primero evidente, casi la mitad. Seguido por la variedad. Hoy suena improbable, pero en ese momento podían convivir tranquilamente el live-action de Garfield con un thriller psicológico de Shyamalan, un drama de suspenso ruso, una comedia con Bruce Willis y Matthew Perry, una película argentina exitosísima, una de Spielberg, tres películas de acción adultas y una épica del Rey Arturo. Y bueno, sí, también Gatúbela (Catwoman, 2004). Pero lo más llamativo es que, sacando las últimas dos, el costo promedio de esa cartelera sería actualmente de unos 90 millones de dólares, mientras que ahora entre cinco tanques acumulan más de 1.000.000.000 en presupuesto. Chicas pesadas es hoy el retrato de época, reflejado en los vestuarios de las protagonistas, en el tipo de humor (con muchos chistes hoy imposibles) y en una banda sonora que parece sacada directamente de los MTV Video Music Awards. Pero también es ver un tipo de cine que ya no existe más. El de una época en la que un estudio como Paramount podía invertir casi 30 millones de dólares en una comedia adolescente, escrita por una guionista debutante y sin estrellas demasiado conocidas. Y era un riesgo. Cady concluye finalmente que la escuela antes era un estanque de tiburones, pero ahora puede flotar. Los estudios llevan mucho tiempo flotando. Quizás haga falta que vuelvan los tiburones.
