La invitación – Bienvenidos al infierno
Simpatía por el Demonio
Por Elen Helen
“El sueño de la razón produce monstruos” Goya
La idea del fin del mundo o la de profecías de un nuevo comienzo, han atravesado el imaginario de las sociedades modernas y el cine por supuesto no es la excepción. “El año uno”, como bien lo llama Roman Polanski en el momento del nacimiento en El bebe de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), El día de la Bestia (1995) de Alex de la Iglesia o La Profecía (The Omen, 1976) dirigida por Richard Donner, son entre otros algunos ejemplos.
Determinadas fechas o periodos históricos, como fue en su momento el cambio de siglo, son épocas fértiles para el surgimiento de ideas de este tenor. La pandemia vivida entre el año 2020 y 2023 también representó un momento oportuno para dar lugar a estas ideas. Movimientos sectarios, sociedades secretas, cultos paganos aprovechan estos periodos para materializar rituales de consagración. La proliferación de estos fenómenos en la sociedad capitalista es símbolo de los tiempos que corren. Un punto de fuga en donde lo místico roba espacio a lo material. La idea de pertenencia, ser seducido por un líder carismático son parte del repertorio de estos grupos. En mayor o menor medida, en grupos más o menos radicales la idea de un pacto demoníaco aparece en estas organizaciones.
La invitación (The Invitation, 2015) de Karyn Kusama y Bienvenidos al infierno (2022) de Jimena Monteoliva ubican en escena estas cuestiones, ambas de manera diferente, cada una de ellas en distintos tiempos y latitudes muestran un poco de estas ideas y nos sumergen en estéticas opuestas respecto del lenguaje cinematográfico, pero con un mismo corazón. Personajes que se enmascaran y se montan en su soledad para atravesar momentos extremos de la vida, la gestación y la muerte. Se mueven y desenvuelven en escenarios opuestos, pero en ambos films la fragilidad del cuerpo, la manipulación psicológica, y el lugar del ritual tiene un lugar principal.
Nada tiene de casual que estas temáticas sean abordadas por directoras mujeres, ya que es este grupo quien más pone el cuerpo a la hora de vivenciar estas experiencias y el cuerpo femenino se vuelve así un territorio de conflicto y de disputa.
Elogio de la fragilidad
La invitación, estrenada en el año 2015, es una obra profundamente delicada, un punto de inflexión en la carrera de la directora, desarrollada con gran destreza audiovisual, una obra que se cuece a fuego lento, un film principalmente de atmósferas. La sociedad norteamericana tiene gran fascinación por el mundo de las sectas, con el ya conocido crimen de Sharon Tate (esposa de Roman Polanski) en manos de la secta de Charles Manson lejos de correr de escena a estos grupos, sumo glamour a un forzado misticismo. El cine es el ámbito natural para poner en escena este fenómeno. Estados Unidos de la década del 2010 se caracterizó por la concentración de la riqueza. La desigualdad en la distribución del capital agrava las tensiones entre grupos étnicos y clases sociales, además de distorsionar las relaciones de producción, y el diseño de políticas sociales y económicas. Las migraciones de poblaciones desplazadas por la guerra, el flujo de inmigrantes, el abuso de sectores orgánicos de poder, el debate por la libertad de la venta y porte de armas son algunos temas que caracterizan a esta década.
Karyn Kusama supo captar este escenario, una sociedad elitista donde lo que prima es lo material y superfluo. La Invitación gira en torno a un grupo de amigos, un conjunto de millonarios que se reúnen luego de años de no verse. La reunión fue propuesta por Eden, dueña de la majestuosa mansión, una de las integrantes del grupo que a medida que avanza el film entendemos que, con Will, fueron pareja y perdieron un hijo en común. Ya en el primer fotograma cual deidad con el plano del cielo, Kusama parece plantearnos la dualidad cielo e infierno, luego de ese plano nos vamos directamente al encierro del auto y de allí cual metáfora del film no salimos más.
A los dos minutos ya nos pone en escena el sacrificio, idea que recorrerá toda la película. Poco a poco vemos como Will y Eden, en una historia en apariencia coral empiezan a cobrar protagonismo. Violenta y preciosa escena cuando Kira desde el interior del auto observa como Will mata al ciervo para evitarle el dolor. Cuadro dentro de cuadro, el cine en el cine. La noche va cayendo y abundan los planos del cielo, con títulos aún sobreimpresos vamos llegando a la mansión, con una cámara rápida que funciona como preámbulo al nuevo mundo donde nos situaremos. Las colinas de la ciudad de Los Ángeles parecen laberintos secos, finalmente unas puertas corredizas se abren y cual templo religioso tenemos acceso a otro universo. Una vez todos los amigos reunidos, prevalece el juego de miradas. Lo extraño comienza a acontecer, desde el primer momento el ambiente es tenso, asfixiante. Lo raro se sugiere y comienza a ganar escena. Una tensa calma, una violencia latente en una noche eterna. A partir del tercer acto todo se vuelve más explícita, pero no por eso menos atractivo. La captación, la sugestión que atraviesan los personajes delicadamente captados por la directora seducen al espectador. El fin último de la reunión es el sacrificio.
La casa se transforma en un personaje más, en base a un flashback vemos constantemente el antes y el ahora. Tal ahora es lujoso, gigante, de arquitectura moderna, con pasillos oscuros se vuelve asfixiante por los numerosos travellings de la cámara de Kusama. La casa como prisión, la propiedad privada como territorio de terror. Tiene el espíritu de El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel la idea de no poder salir forma parte de la atmósfera de la película. El banquete como la última cena, todas formas de ritual con un único fin, la muerte, el fanatismo religioso situado como plato fuerte. Ideas banales cercanas al coaching o la autoayuda abundan, un “otro” vulnerable, como espacio propicio para inocular miradas del mundo destructivas. El espacio para el dolor en la sociedad capitalista pretende ser objetivado y extirpado y aquí la directora nos los plantea a través de la idea de lo sectario. El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional barre cualquier posibilidad de elaboración, y en este caso sólo da lugar a la inmolación.
Por otro lado, Bienvenidos al infierno, estrenada en 2022 realizada durante la pandemia de Covid-19, se inscribe en la tradición del cine de los años setenta, un cine de explotación con una estética gore, propia de un cine de bajo presupuesto. Jimena Monteoliva ubica en escena un cuento de terror cercano al slasher pero con una temática actual, un temor real que está a la vuelta de la esquina. Monteoliva recoge lo que está tristemente presente en La sociedad latinoamericana y la argentina en particular: hay un femicidio cada veintinueve horas.
En Bienvenidos al infierno la acción es llevada adelante principalmente por Lucia (Constanza Carrillo) quien es seducida por una secta satánica que se presenta bajo la forma de banda de rock de black metal. A traves de flashback, técnica narrativa que la vincula con La invitación de Kusama, vamos conociendo en detalle la historia de Lucia (Constanza Carrillo) y El monje negro (Demian Salomon).Una historia de violencia y abuso que terminara con la huida de Lucia, hasta refugiarse en la casa de abuela, (Marta Lubos) en medio de una zona rural. Lucía con un embarazo ya avanzado, lejos está de ser una víctima estereotipada, Monteoliva se toma el tiempo para mostrar a este personaje y sus contradicciones. Si bien está presente en el espíritu del film, dista mucho de la pureza de Rosemary en El bebé de Rosemary.
Demian Salomon interpreta de la mejor manera a El monje negro y acorralará a lucia para llevar adelante el ritual de consagración. Con una estética trash, propia del cine de los setenta, Lucia huye y finalmente se enfrenta a su destino siempre de manera combativa. Un punto central en la historia es el personaje de la abuela, una anciana muda y misteriosa que va dejando notas a Lucía para intentar comunicarse con ella, y que encauza la acción dramática.
La utilización del sonido es fundamental, la banda de sonido del film, Pasco 637 de Demián Rugna es un personaje más de principio a fin, como así también lo es, el uso de los silencios. Lo más interesante es la atmósfera de asfixia que presenta la película a pesar de transcurrir la mayor parte en exteriores, el tono siempre es claustrofóbico. La maternidad como encierro y como trampa, pone en cuestión el lugar de la mujer, desacraliza la idea de madre romántica instalada en la sociedad.
En Bienvenidos al infierno se pone más en evidencia la idea de bruja, de linaje femenino vinculado con lo monstruoso, la bruja como otredad, tal como lo plantea Barbara Creed, pero lo más interesante es la manera que encontró Jimena Monteoliva de sortear esta teoría, y es, a partir de este tópico que lo revierte y queda de manifiesto con el luminoso final del film, la idea de restauración de un orden primigenio que atraviesa los tiempos.
En ambos films está presente la idea de lo subrepticio, lo que pasa por debajo, lo que no se ve, la fragilidad de los personajes en cuerpo y mente, como territorio de conflicto y disputa, con un único fin, la apropiación.
El mundo femenino es un mundo silenciado, estas películas alzan la voz, La Invitación de Karyn Kusama, y Bienvenidos al Infierno de Jimena Monteoliva, cada una a su manera, llevan a la pantalla miradas que sirven para quitar el velo a lo no dicho, a lo que por generaciones ha quedado soslayado, mudo al abuso, a la violencia física y psicológica que se arremete sobre el cuerpo de la mujer, donde es ley privarnos de sentir dolor o deseo en pro de responder a un modelo de madre y/o mujer y de ser funcional al status quo.


