
La saga Mad Max: Aussie Rider

Sabes, este solía ser un buen país.
No puedo entender qué salió mal con eso.
Palabras de George Hanson en Easy Rider (1969) de Dennis Hopper
Mad Max (1979) de George Miller existe (al menos como hoy la conocemos) gracias a una apuesta por parte del estado australiano. La incipiente industria cinematográfica del país fue impulsada por el gobierno dando origen a una nueva ola denominada ozploitation. Un grupo de films que mostraron un costado más brutal del país e intentaron impactar al espectador.
Pero también en Mad Max vemos el efecto que produjo el cine norteamericano de los 70s. Películas como Busco mi Destino (Easy Rider, 1969) de Dennis Hopper, Reto a la Muerte (Duel, 1971) de Steven Spielberg y principalmente La piel en el asfalto (1973) de James William Guercio, entre otras, significaron el punto de partida para un relato inicial de tono distópico. Miller adoptó ciertas temáticas (la ultraviolencia, el horror y la tensión social, la pérdida de fe en las instituciones gubernamentales) y les brindó un nuevo hábitat para su desenvolvimiento.
Desde la primera entrega de la saga podemos distinguir una serie de elementos que la definen. A simple vista despunta el desierto australiano, en desmedro de lo urbano. Si bien existen locaciones habitadas por la población, se tratan de meros islotes en medio de un océano de arena y polvo. La verdadera residencia es la ruta, donde se experimenta el fragor de la vida. El camino es el espacio donde se libran las batallas, un juego de vida o muerte, y a la vez es la pasarela donde los personajes modelan sus vestuarios y temperamentos.
El asedio siempre se da a bordo de un vehículo: camiones, coches, motocicletas, helicópteros artesanales, el último vehículo equipado con un motor V8. Se trata de máquinas ornamentadas para la ocasión. Ya no lucen su pintura original, las carrocecerías se ven oxidadas. Y sus partes ya no son las originales. La indisponibilidad de repuestos habilita el ingenio del conductor que brinda su impronta al artefacto. El reciclaje y el trueque disponen toda una nueva ontología fetichista de los objetos, una novedosa resignificación.
Asimismo, observamos una marcada división de la sociedad en grupos específicos, no sólo alejados en la distancia física por el páramo, sino principalmente debido a su moral y cultura. El agente Max (Mel Gibson) pertenece a las fuerzas de seguridad. Es considerado un héroe por su lucha contra el delito en las rutas provocado por criminales dispuestos a la violencia más extrema. Regresa luego de un día laboral a su domicilio junto a su familia.
Mad Max presenta un mundo al borde del abismo. La anarquía está a punto de atropellar el último resabio de civilización. El final es literal, los seres queridos de Max (mujer e hijo) son arrollados, y con ello su programa futuro. Ya no volverá a ser el mismo, verbalizará cada vez menos y sonreirá poco. De padre de familia a lobo solitario. Max preferirá desplazarse en soledad, ya que de esa manera no experimentará el dolor por la desaparición física de alguien estimado.
Mad Max 2 (1981) supone una favorable evolución de la saga. Todo lo que se insinuaba en el largometraje de 1979 aquí es llevado a la hipérbole. Ya casi no quedan rastros de la antigua civilización, y Miller opta por llevar la historia a un oasis (de petróleo) en el medio del desierto, y a sus alrededores. Desde allí ni siquiera se divisa ruta asfáltica alguna. Los caminos se hacen y se deshacen a conveniencia de los objetivos involucrados.
En esta segunda entrega se nota un crecimiento en todo sentido. La evaporación de todo límite geográfico genera en el espectador la idea paradojal de un islote (mundo pequeño) situado en el medio de un universo inacabable. En la misma la acción aumenta y con ella las persecuciones a bordo de nuevas maquinas mejor equipadas y más lustrosas. Los personajes ostentan flamantes vestimentas que se pueden catalogar de híbridas entre los estilos bondage y punk.
Y el fin del mundo conocido coincide con la pérdida de sentido en Max. La violenta destrucción nihilista de valores implica el establecimiento de unos nuevos, con los que el protagonista no está de acuerdo pero que aprendió a tolerar para sobrevivir. No obstante empatiza con los trabajadores de la refinería, los que podrían ser su familia. Sin embargo, la conexión máxima la establece con el niño salvaje, nacido en este nuevo mundo, que habita con aquellos. Max le regala un objeto del pasado, del viejo mundo, una cajita musical. Visualizamos la nostalgia por lo perdido, y fundamentalmente porque el joven le recuerda a su hijo asesinado. Aunque ni esto convencerá a Max de asociarse con otros, con la única excepción de un negocio que le facilite nuevos recursos.
Mad Max 3 (1985) exhibe nuevas formas de asociación agrupadas en poblaciones. Truequelandia y la tribu de los niños perdidos son ejemplos toscos de la búsqueda de organización. Mientras en la primera el sostenimiento de la misma permite la violencia como forma de resolución de conflictos (Cúpula del Trueno) y el asesinato de aquel que conspira en su contra, en la segunda reina la bondad y la esperanza por la llegada del mesías. La Cúpula emula los viejos coliseos romanos. El público a su alrededor se encuentra expectante ante la batalla a muerte que se da entre los contendientes. Hay también una ruleta que define, en un momento, el destino de Max. Observamos un gesto lúdico en estos escenarios.
Y la tercer entrega no sólo puede apreciarse por las ajustadas actuaciones de Tina Turner y Angelo Rossitto, sino principalmente porque en ella es donde Max se convierte en un verdadero antihéroe, esto es, aquel que no comulga con lo arquetípico del héroe convencional. Es egoísta, irresponsable, superficial, no se dan en él los estadios típicos de la curva del paladín. Sin embargo, lo vemos acompañando las causas justas, rescata a los niños y libera al proletariado. Durante el film captamos la sensibilidad del protagonista. Hay una fuerza universal que nos acerca al personaje, pese a los atributos negativos señalados.
Mad Max: Furia en el camino (2015) significó, 30 años después, un regreso tan inesperado como exitoso. Esta distancia entre las entregas pudo haber sido perjudicial para la saga. En otras ocasiones esta misma circunstancia ha traído aparejada una pérdida en la esencia de la historia, y la tecnología ha jugado un rol nocivo. Pero, y frente a la ausencia del actor principal de la saga, el film encontró una suerte distinta. El reconocimiento absoluto de la crítica y las premiaciones apuntalaron una película que contó en su timón nuevamente con George Miller, de 73 años en aquel momento. La nueva entrega instala un doble protagonismo con Max (Tom Hardy) y Furiosa (Charlize Theron). La persecución es el motor del film, casi no hay momentos de quietud. Nuevas y mejoradas colisiones y muertes brindan un espectáculo en sintonía con lo esperado. Y el imperio de lo femenino, la revolución parte desde una mujer para el establecimiento de un gobierno liderado por aquellas.
El triunfo de ésta última abrió el camino de futuras entregas, ambas a estrenarse en el 2024: Furiosa, un spin-off de la original y Mad Max: The Wasteland, continuación de la saga. Como todos nuevos exprimidos de un producto exitoso, solo resta expresar nuestro deseo de que aquellos no tengan el sabor amargo de la repetición desatinada.
Por Martín Vivas



