
Misántropo: El otro Por María Cabrera

Con la empatía es igual que con la inteligencia, o la tenés o no te das cuenta que te falla.
¿Qué es lo que queda de un año? En lo personal mucha angustia, mucho dolor, mucha desilusión, pero también mucho amor, mucha hermandad, muchas lágrimas fundidas en abrazos contenedores y la inevitable certeza que la lucha por los derechos, por la igualdad, por la memoria, nunca se va a terminar.
Igualmente, lo colectivo es más importante. ¿Qué es lo que queda para les argentines este año? Miles de elecciones, la incertidumbre de un nuevo comienzo con un nuevo presidente negacionista de los años de dolor que pasó nuestro país, el mayor endeudador de la historia de la Argentina en el gobierno de nuevo, la alegría por el cambio, o la desesperanza por el retroceso, seguir siendo campeones del mundo, disfrutar a Messi en todas las canchas, las imágenes del inhumano ataque de Hamás, la eliminación sistemática del pueblo palestino, la asunción de Lula como presidente de nuestro país hermano, España campeón del futbol femenino con el machismo a plena de luz de todas las cámaras, Lali llenando Vélez, Roger Waters sin hotel, el “Amor después del amor” y quizás, el arte.
Todo eso que vimos, oímos, sentimos por medio de la expresión artística este año es un registro. Cada año, el arte deja miles de mensajes, a quienes quieran leer. ¿Por qué ahora? ¿Por qué este año? Estos interrogantes se pueden ver con mejor claridad a la distancia, pero sin dudas para mí, lo mejor que dejo el año fue el cine argentino. Desde la mejor película del año Cuando acecha la maldad hasta Misántropo dirigida por Damián Szifrón, este año demostramos que de nuestro país no son solo Messi y Maradona, sino Leonardo Favio, Fito Páez, Charly García, Lucrecia Martel, Santiago Mitre, etc.
Damián Szifron nació el 9 de julio de 1975 en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires, su padre era amante del cine y su madre disfrutaba realizar trucos de magia. En 2014 se estrenó Relatos salvajes, su tercera película, la cual cuenta con la actuación de Ricardo Darín, Oscar Martínez, Darío Grandinetti, Érica Rivas y Leonardo Sbaraglia, entre otros. Por la gran repercusión y éxito que tuvo la película Sony Pictures Classics compró los derechos del film para su distribución en Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda.
La película se presentó en festivales en todo el mundo, como el prestigioso Festival Internacional de Cine de Toronto y en el Festival de Cine de San Sebastián, obteniendo excelentes críticas. Estuvo nominada a la Palma de Oro en Cannes, y ganó mejor película extranjera en el BAFTA. Relatos salvajes fue elegida por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina, para representar al país en los Premios Óscar y los Premios Goya. La película, entre tantos otros reconocimientos, recibe diez premios Sur, el premio a la mejor película extranjera en los “National Board of Review”, ocho galardones en los Premios Platino del cine iberoamericano, y también ocupó el puesto número nueve de las diez mejores películas del año 2014 según la revista Time. Gol de media cancha.
Como en muchos casos, fue su trabajo en el país lo que le dio la chance de dirigir en Hollywood. Misántropo (To Catch a Killer, 2023) proviene de Damián Szifron, quien también dirige y coescribe la película junto a Jonathan Wakeham. El cineasta también es uno de los productores de la película, uniéndose a Shailene Woodley (quien interpreta a la protagonista), Aaron Ryder productor de La llegada (Arrival, 2016) y Stuart Manashil (Piezas de una mujer, 2020).
“Misántropo” está protagonizada por Shailene Woodley, Ben Mendelsohn, Jovan Adepo y Ralph Ineson. En la película, el FBI recluta a una joven policía de Baltimore para ayudar a perfilar y rastrear a un asesino en serie.
En medio del ruido de los fuegos artificiales, los asistentes a una fiesta de Nochevieja tardan en darse cuenta de que están bajo un ataque letal de francotiradores, al igual que otros en los alrededores. Cuando la policía llega y rastrea la trayectoria de las balas, calcula que el tirador está (o estaba) en un edificio de gran altura enfrente, una sospecha confirmada cuando un departamento en ese edificio explota, borrando cualquier evidencia. Para entonces, veintinueve personas han sido asesinadas por un tirador tan experto que no falló un solo tiro.
En su crítica, la revista “Variety” expone: “Este thriller ambientado en Baltimore, con Shailene Woodley en el papel de una policía que ayuda al agente del FBI Ben Mendelsohn a localizar a un tirador masivo, es un procedimiento de investigación sólido que no abre nuevos caminos, pero ofrece suficiente suspenso e interés en los personajes. No obstante, es una pieza de género curiosamente impersonal y directa para un escritor y director que de manera tan asertiva marcó su terreno como autor la última vez.”
Dennis Harvey, autor de la crítica, puede no haber disfrutado de la película, pero me puedo aventurar a decir que su mirada, marcada entre otras cosas, por su nacionalidad, le impiden ver lo personal y punzante de la historia que cuenta el director.
En los primeros 5 minutos de la película, el argentino hace gala de su declaración de intenciones con una maestría que escapó a la vista de algunos críticos. “Misántropo” comienza con los sonidos de transmisiones radiales donde uno de los comentarios es “… van a sentir los fuegos artificiales en el pecho…” y la imagen de una Baltimore hermosa, dada vuelta indicando que hay algo que está mal, a gran escala. Conocemos a la protagonista, Eleanor, en una llamada de rutina, en un bar donde el hombre a cargo se queja que “esta mujer” con un tono que hace darnos cuenta de que no la ve como un ser humano, hace 3 horas que está sentada con su cena, molestando a los clientes. Los patrones del bar piden porque la mujer se quede en esta fría noche de año nuevo, pero el encargado insiste, pese a tener muchas mesas vacías. ¿Por qué quiere a una mujer sin hogar, en la calle, pasando frio en año nuevo? Quizás porque él está trabajando en un local de mala muerte, en año nuevo y la línea que los separa es demasiado fina. Un mal giro de la moneda, una cuenta medica son todo lo que separan a estas dos personas, y esto no le genera empatía, sino repulsión. Ella es todo lo que él está a un paso de ser.
Luego las sirenas, el tiroteo, los pasos lógicos de un thriller de este tipo, conocemos al equipo, vemos las cualidades de la protagonista, y vemos como vive, a un paso de la marginalidad, como tantas otras almas en la ciudad.
La película cuanta con muchas escenas de calidad, singularidad, y delicadeza, una de ellas es la cena a la que la protagonista acepta tener con su jefe del FBI, Lammark (Ben Mendelsohn), luego de insultarlo por pensar que se quería acostar con ella. Resulta que el jefe es Gay y está felizmente casado con Gavin (Michael Cram), el personaje que habla un poco por el director.
Cuando Eleanor le pregunta a Gavin cual es su teoría, el empieza un monologo donde dice que tirador sea probablemente de un país que Estados Unidos destruyó. Que todo se trata de status, los que lo tienen matarían por conservarlo y los que no lo tienen matarían por conseguirlo; y sigue “… la única manera de cambiar el sistema es con empatía. Si realmente nos viéramos reflejados en el otro no sentiríamos la necesidad de lastimarnos, sino de elevarnos mutuamente”.
El monologo resulta ser casi acertado, el asesino no quiere status, no quiere cosas, quiere vivir, quiere tiempo. Pero no está equipado para vivir eficientemente en el sistema que lo rodea, y toda la gente que opera dentro del sistema nunca le ha demostrado empatía. Nunca ha intentado ayudarlo, darle lo que necesita. Por eso mata, porque no puede vivir en el mundo que lo rodea.
Eleanor lo entiende, porque es el otro lado de la misma moneda, nadie estuvo ahí para pagarle su universidad, está sola, no tiene conexiones, tiene una historia de consumo problemático y tuvo que salir de lo más profundo con uñas y dientes, y aún paga por intentar hacerlo. Nunca será detective o miembro del FBI porque no pudo estudiar, y en mi país, mi presidente quiere eliminar la educación pública. La mejor herramienta para movilidad social, para que nos elevemos los unos a los otros.
¿Cuándo dejó de importarnos que al otro también le vaya bien? ¿Cuándo dejamos de ser aliados para ser enemigos? ¿Cuándo dejamos de desear ayudar al otro? La respuesta fácil sería en el sigo XX, con el capitalismo y el individualismo. Pero, por qué seguimos escribiendo historias distópicas como “Los juegos del hambre”, o fantásticas cómo Harry Potter, si ya no nos importa enfrentarnos al mal, al que nos quiere separar, al que quiere esclavizar y torturar al otro. ¿Es tan difícil entender que la conciencia de la clase no es más que los distritos de Panem uniéndose contra la capital? ¿O que la media que le da Harry Potter a Dobby puede ser la ayuda que le damos al niño que vende medias en la calle? ¿Por qué no podemos ver que decir “negro de mierda” es lo mismo que decir “sangre sucia”? ¿Cuándo ganó el miedo, cuando nos convertimos todos en sangre sucia?
En la secuencia que sucede en el shopping, símbolo del capitalismo sin límites, de la fragilidad de las cosas, de los límites de la vida útil, hay grandes pequeños comentarios que nos hacen darnos cuenta dónde piensa el director que está la empatía y donde piensa que no existe más.
Para empezar las reacciones de los dos hombres que primero se cruzan al tirador: a uno le roba la ropa, y otro lo ve aseándose en el baño. El primero tiene un cuerpo menos hegemónico, una predisposición más gentil, y el segundo es muy corpulento y se molesta en cuanto lo ve. Los cuerpos que habitamos también tienen que ver con los estratos sociales a los que pertenecemos y cómo nos movemos en el día a día. Es innegable que tener un cuerpo lo más hegemónico posible, es equivalente a status y que lo opuesto, la posibilidad de ser visto como fea, gorda, vieja, fuera de moda, es algo que repugna a las personas. Sino la industria del maquillaje, y de las cirugías estéticas no existirían, y el resto de nosotres no tendríamos un gremlin en la cabeza que nos dice “… mira ese gorde como se le ve el rollo, por qué no se puso otra cosa…”
En la siguiente escena el tirador está comiendo sobras de una mesa del patio de comida de un “Subway”. Hay dos mujeres que lo notan y después de comentar entre ellas, le dicen que si no tiene respeto propio, que no es un animal. Cuando los guardias de seguridad lo descubren, pese que él intentaba huir antes de tener que lastimar a nadie, les dispara a los guardias, y de los civiles, a estas dos mujeres. Dos mujeres con la ceguera absoluta de no ver que están comiendo en el patio de comidas de un shopping en Baltimore, no en un restaurante ganador de una estrella MICHELIN en Nueva York, y piensan que de algún modo porque pagaron por la basura que están consumiendo son mejores, porque no ven el hambre y le ofrecen un sándwich entero para él, ven el hambre y les da asco. Ven al pobre y les da asco.
Por lo menos no mienten, evidentemente gran parte de la población mundial piensa como ellas. “Hay que poner una bomba en las villas”. Nunca se escucha “hay que poner una bomba en los countrys, en puerto madero, en Recoleta”. ¿Dónde vive la gente que creo las villas? ¿Quiénes son responsables porque sus conciudadanos no tengan agua limpia para tomar, les que contaminan y matan con el “mercado” como arma? ¿Con la política como escudo?
La película del 2015 Mad Max: furia en el camino (Mad Max: Fury Road) comienza con las siguientes líneas: “… mientras el mundo caía, cada uno de nosotres estaba roto de alguna manera…”. Estamos envenenado al mundo, creando nuestra propia trilogía postapocalíptica, y nos damos el lujo de votar a un presidente que no cree en el calentamiento global. Algo sí como no creer en que la luna es un satélite de la tierra, o que la tierra es redonda. Si, entiendo el chiste. La película se pregunta “quien mató al mundo”, pero no nos responde. Nosotres, quien más. Pero mirar a un pobre y sentir asco, es el equivalente a mirar una corrida de toros, y sentir asco por el toro, que termina ensangrentado con las entrañas colgando, y no por el matador. A lo mejor queremos creer que somos el matador, por eso Calamaro sigue llenando estadios.
En la siguiente secuencia Eleanor y Mackenzie (Jovan Adepo) deben buscar en un basural la remera que el sospechoso descartó y fue recogida por el servicio de limpieza. Szifron amplia tanto la toma, que se termina viendo el sinfín del basural con la ciudad de Baltimore de fondo. Toda esa basura que genera el sistema, ahí pudriendo la tierra, pero a su vez, como metáfora, toda la basura que queda afuera de los rascacielos que se ven a la distancia. Por si a alguien le queda alguna duda, la basura, somos todes nosotres, todes quedamos afuera de los grandes rascacielos. El mundo tiene cada vez menos clase media, pero nos da asco la basura que nos tocó abajo. “»Somos un subproducto de una obsesión por el estilo de vida» dice Tyler Durden en “El club de la pelea” de 1999. Hace 24 años se estrenó esa película que vimos todes. ¿La entendimos todes? también dice: «Pegarse plumas en el trasero no te convierte en una gallina», comprarse el nuevo iPhone, no te hace más parecido a Brad Pitt. «Las cosas que posees terminan poseyéndote a ti.» Supongo que Caputo es fan, por eso no poseemos más los últimos dólares que le pidió al fondo.
Los millennials son la primera generación de la historia más empobrecida que sus padres. Alrededor del mundo. ¿No sería momento de darnos la mano? En el 2023 (lo que va del año) hubo 223 femicidios. Cómo podemos ver tan claramente en “Los cuentos de la criada” quien es el malo, y no querer verlo en la vida real. Elegir a un presidente que miente y dice que las mujeres ganamos lo mismo por el mismo trabajo que los hombres, es aceptar una esclava sexual en nuestra casa, violarla una vez al mes, y que nos parezca correcto. Es mandar fotos de “minitas” en un grupo, es saber que tenemos ese conocido que le pegó un bife una vez a una mina, pero me sigo juntando en una mesa para comer un asado. ¿Cómo podemos artísticamente ver todo tan claro, y no verlo en la vida real?
Antes de encontrar al asesino, nuestres héroes visitan un matadero. Hay varias tomas de las vacas, acinadas, esperando ser sacrificadas. Eso somos. Las vacas, haciendo la fila para el matadero, apurando a la vaca de adelante, no queriendo tocar a la vaca de atrás.


