
Sleep – El bebé de Rosemay: Despertando con el enemigo Por Alejandro Reys

Es famosa la frase donde Alfred Hitchcock, a propósito del estreno en 1955 de la serie televisiva creada, producida y presentada por él, afirmaba que pretendía “llevar el asesinato a los hogares americanos, donde siempre ha pertenecido”. Un tema que, más allá de lo simpático y efectista de la declaración, ciertamente ya llevaba cerca de 15 años abordando en su cine. Rebeca, una mujer inolvidable (Rebecca, 1940), su primera película estadounidense, suele señalarse como la iniciadora de una suerte de subgénero, rápidamente continuado por otras como La sospecha (Suspicion, 1941) y Tuyo es mi corazón (Notorious, 1946), del propio Hitchcock, La luz que agoniza (Gaslight, 1944) de George Cukor o El secreto tras la puerta (Secret Beyond the Door…, 1947) de Fritz Lang. Un subgénero definido por ciertos elementos recurrentes: una joven protagonista, la desconfianza y temor crecientes hacia su pareja y el hogar como contenedor y a la vez generador de este conflicto, un terror doméstico, apoyado en el concepto freudiano de lo ominoso; aquella forma de lo aterrador que deriva de lo familiar. Así como el hogar ampara y da cobijo, también puede agobiar y esconder secretos. Un tema que -con variaciones y actualizaciones aún hoy- 60 años después, sigue resonando en estrenos recientes, como Sleep (Jam, 2023).
Soo-jin y Hyun-su, una feliz pareja a punto de ser padres primerizos, creen que juntos pueden superarlo todo, tal como reza un grabado en madera colgado en el living de su pequeño departamento. Por lo cual, cuando su marido comienza a sufrir episodios de sonambulismo cada vez más graves. Soo-jin teme por su seguridad y la de su hija, se dispone a hacer lo que sea necesario para honrar dicho lema y mantener a su familia unida. Esta premisa, que tranquilamente podría devenir en un drama de suspenso, se transforma, sin embargo, en algo mucho más extraño en las manos de Jason Yu; un director debutante quien antes había trabajado como asistente de dirección del mismísimo Bong Joon-ho. Fiel a la idiosincrasia del cine coreano, que no teme mezclar géneros y tonos libremente arribando a complejas combinaciones, Yu trata con el lenguaje de una película de terror lo que es en esencia un thriller sobre una pareja en crisis, sin privarse en el camino de introducir una dosis considerable de comedia negra. El resultado es intrigante y lleno de suspenso, a la vez que incómodo; cercano a la realidad, al anclarse en el drama de los personajes, pero sin perder una cierta cuota de absurdo que aporta el género.
De las muchas películas que retoman aquel tropo de “la mujer en peligro dentro de su propio hogar” delineado por Hitchcock, hay una en particular a la que Sleep remite más marcadamente: El bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968). Ya en el título de esta última se anuncia la conexión probablemente más directa: la condición de gestantes de las protagonistas, que las pone doblemente en riesgo; temen por sus vidas, pero principalmente por las de sus bebés. Además, tanto Rosemary como Soo-jin eventualmente buscan en lo sobrenatural una explicación a sus temores; mientras sus respectivos maridos, más o menos sutilmente, las tratan de locas. También en ambos casos se recurre a la ciencia médica en cierto punto, con idéntica respuesta de los doctores: “Hay que esperar, ya va a mejorar”. Presenciamos, paralelamente, dos secuencias oníricas que marcan un cierto punto de inflexión para cada mujer. Finalmente, en ambas películas surge como una revelación la existencia de un vínculo con un habitante anterior del edificio, algo que en cierto modo las acerca a la tradición de la literatura gótica. Intencionales o no, estas similitudes abarcan incluso aspectos completamente anecdóticos: en lo que pareciera estar más cerca del guiño que de la coincidencia, ambos maridos son actores relativamente ignotos tratando de triunfar.
Existe, no obstante, una diferencia fundamental. Si bien ambas películas sustituyen la pequeña mansión burguesa de aquellos films de los ‘40 por un departamento de un edificio en altura, la espacialidad que cada una propone es radicalmente opuesta. Rosemary y Guy, su marido, se mudan a un histórico inmueble de características neogóticas, dentro del cual su unidad se presenta como la subdivisión de una mucho mayor y cuenta con una gran cantidad de habitaciones, pasillos y recovecos, incluyendo hasta un pasaje secreto. Soo-jin y Hyun-su, en cambio, viven en un edificio completamente anodino, en una unidad casi mínima que consta de un dormitorio, un baño y un ambiente que hace las veces de living-cocina-comedor. En el primero el espacio constantemente se nos muestra de forma fragmentada y su distribución resulta laberíntica y difícil de comprender. De hecho, algunos ambientes nunca se llegan a ver. En el segundo, por otra parte, prácticamente todo el tiempo somos conscientes de la totalidad del espacio y sus límites, lo cual lo vuelve claustrofóbico y agobiante. Algo que se acentúa particularmente ante una situación de peligro: durante uno de los episodios de su marido, el único refugio que encuentra Soo-jin es encerrarse junto a su bebé en el baño; una escena típica de violencia doméstica.
El autor Steven Jacobs, en relación a la recurrencia de lo doméstico en el cine de Hitchcock, asegura que “al situar sus dramas en la seguridad del ámbito íntimo del hogar, en lugar de en mazmorras y ruinas medievales, la amenaza es más intensa”. Sin duda, habitualmente no esperamos que algo tremendo suceda en nuestro propio hogar; menos aún si vivimos en un pequeño departamento moderno en vez de en un antiguo edificio neogótico. Pero películas como Sleep demuestran que los compactos espacios del hábitat contemporáneo pueden ser igual de aterradores. Mientras tanto, a diferencia de El bebé de Rosemary, donde finalmente se confirma el componente sobrenatural, el final deja abiertas la mayoría de las preguntas que se venían presentando: ¿Está actuando Hyun-su o efectivamente había un fantasma acosándolos? ¿Está finalmente curado? ¿La pareja ya superó la crisis? Preguntas que, en cierta forma, sirven para plantear interrogantes más profundos sobre los modos de habitar contemporáneos y la convivencia, tanto hacia adentro como hacia afuera de nuestros hogares. No es casual, en tal sentido, que la película haya sido concebida en pandemia. Porque, en definitiva, la pregunta fundamental que propone es: ¿Qué hacer cuando empezamos a temer a la persona que tenemos al lado, especialmente si vivimos en un pequeño departamento?


