Arma fatal: La ley y el desorden por Alejandro Reys

La ley y el desorden
El 9 de abril de 2004, después de más de 10 años de trabajar en televisión, miniseries y videos musicales, Edgar Wright estrenaba su ópera prima en cine. Muertos de risa (Shaun of the Dead, 2004), coescrita y protagonizada por Simon Pegg, parecía ser la progresión natural de la sitcom Spaced, en la cual ambos habían trabajado juntos inmediatamente antes. Co-creada con la comediante Jessica Stevenson, Pegg aparentemente se habría inspirado en el estilo de vida que llevaban con su amigo y compañero de cuarto Nick Frost, para quien escribió específicamente el papel de su mejor amigo en la serie, que retrataba la cultura slacker atravesada por un humor absurdo, a veces incluso surrealista. Mucho de esto, incluyendo a Frost y hasta un pequeño cameo de Stevenson, fue trasladado a Muertos de risa. La combinación del tipo de humor, la química entre Pegg y Frost, el estilo hiperquinético de Wright y la resurrección que estaba viviendo el género de zombies (ese mismo año se estrenaban, por ejemplo, la remake de El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 1978) y la secuela de El huésped maldito (Resident Evil, 2002), entre otras), la convirtieron en un éxito absoluto, que recaudó más de seis veces su presupuesto alrededor del mundo. Y comenzó una saga temática, apodada informalmente “La trilogía Cornetto”, que, abordando géneros tradicionalmente estadounidenses reinterpretados en clave de un humor marcadamente inglés, terminaría casi 10 años después con The World’s End (2013). Pero que, sin duda, alcanzaría su punto más alto en su segunda entrega, Arma fatal (Hot Fuzz, 2007).
El desempeño del oficial Nicholas Angel (Pegg) en la Policía Metropolitana londinense es excepcional. Tanto, que sus superiores deciden trasladarlo a un pequeño poblado rural, para que no haga quedar mal al resto de la fuerza. Este absurdo disparador pone en marcha Arma fatal, que aunque se presenta en el material promocional (y es referida por sus propios autores) como una comedia de acción, tarda un tiempo considerable en llegar a ese punto, atravesando previamente diversos subgéneros. Lo que comienza como una comedia de toques costumbristas, con el policía de la gran ciudad enfrentando la tranquilidad y simpleza de la vida de pueblo, rápidamente da paso a un policial procedimental. El segundo acto, donde surgen una serie de extrañas muertes, se divide entre el giallo y una suerte de folk horror, que remite claramente a El culto siniestro (The Wicker Man, 1973) en varios aspectos; incluyendo el detalle de contar con el protagonista entre el elenco. El tercer acto, finalmente, tiene un breve paso por el western (con una referencia explícita a Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), entre otras) para luego sí, entregarse finalmente a la acción. Esta extraña amalgama de géneros, dada por yuxtaposición más que por superposición, se ve a su vez salpicada por guiños a películas tan diversas como Jurassic Park (1993), Barrio Chino (Chinatown, 1974) o Buenos muchachos (GoodFellas, 1990). Wright y Pegg parecen haber echado mano a la mayor cantidad de fascinaciones cinéfilas posibles, enhebrándolas con el hilo conductor del humor y logrando un devenir tan inesperado como entretenido.
El plano inicial de Arma fatal dura 32 segundos, de los cuales los primeros 30 consisten en un pequeño acercamiento, mientras el protagonista camina un trayecto eterno hacia la cámara por un largo hall. Cuando finalmente se ubica en primer plano con un gesto adusto y muestra repentinamente su credencial, en la foto tiene exactamente la misma expresión. Construcción, remate. Wright hace una declaración de principios, abriendo la película con un gag visual. E inmediatamente contrasta ese plano con un montaje frenético que repasa la carrera académica y profesional de Nicholas, donde despliega todo su arsenal estilístico: Whip pans, dobles exposiciones, trackings, barridos y un par de freeze frames, entre otros, se combinan con recursos humorísticos básicos, como la regla de tres o simplemente una expresión ridículamente seria. Y, por si faltara algo, introduce un chiste que esconde a su vez un sutil guiño. Las operaciones Crackdown, Showdown, Takedown y Shakedown, por las cuales el agente Angel fue condecorado, remiten a la letra de Shakedown, de Bob Seger, tema principal de Un detective suelto en Hollywood II (Beverly Hills Cop II, 1987). Estos primeros casi dos minutos y medio de película no solo presentan al protagonista; también condensan el tono, estilo visual, las referencias y tipo de humor de lo que estamos a punto de ver. Más adelante, apenas pasando el punto medio, cuando Simon Skinner (Timothy Dalton) sonríe maliciosamente frente a una foto suya en la cual tiene exactamente la misma expresión, reímos por partida doble; es gracioso, pero además nos retrotrae a aquel gag visual del plano inicial.
En su primer día de trabajo Nicholas realiza un recorrido por la comisaría, donde conoce al presidente de la guardia vecinal, quien está consternado por un mal que aqueja a la pequeña comunidad: una estatua viviente. Como prueba muestra una serie de fotografías, donde se ve al artista callejero a lo largo del día, obviamente, siempre en la misma posición. Este, que podría funcionar perfectamente como un chiste aislado, se resignifica sin embargo al final del segundo acto: cuando el protagonista descubre la conspiración que esconde la ciudad, encuentra en una catacumba varios cadáveres… entre ellos a la estatua, exactamente en la misma posición, pero con una mueca de terror en el rostro. Una prueba más de que, a pesar de lo caótico que podría parecer su estilo frenético, la película se apoya en un guion meticulosamente calibrado, que llevó 18 meses escribir según Wright y Pegg. Recurriendo al concepto del arma de Chéjov (al cual, por cierto, rinden literal homenaje cuando confiscan las armas que serán fundamentales hacia el final), aplican las nociones de “sembrar y recoger” (set up y pay off) a toda la narrativa, pero específicamente al humor. No solo muchísimos gags tienen su germen durante el primer acto, sino que la mayoría son resignificados posteriormente. Cuando los Andys utilizan la expresión idiomática “Everyone and their mother” (todo el mundo y su madre) para referirse a quienes portan armas en el pueblo, parece simplemente un juego de palabras simpático. Pero cuando, hacia el final, un granjero llama a su mamá pidiendo ayuda y esta aparece con una escopeta, la carcajada es inevitable.
Nicholas Angel tiene un problema mayor que el haber sido transferido a un pequeño pueblo. La obsesión por su trabajo, del cual no puede desconectarse, lo vuelve frío y distante, imposibilitándole cualquier tipo de relación afectiva. Danny Butterman (Frost) en cambio, su compañero asignado, es una persona fervientemente apasionada, pero tremendamente infantil e irresponsable. Más allá del elaborado guion, lo efectivo del humor visual y lo llamativo del estilo de Wright, Arma fatal funciona perfectamente por un motivo mucho más simple: la humanidad de sus personajes; algo compartido con las otras entregas de la trilogía Cornetto (apodada así porque cada película se asocia a un sabor distinto de ese helado). Esta dinámica entre dos amigos, uno infantil e irresponsable y otro supuestamente más maduro aunque atravesado también por varios conflictos, interpretados por Pegg y Frost alternativamente, se repite en los tres casos; permitiéndole a los autores tratar, desde distintas perspectivas, la cuestión de la amistad en relación a las diversas obligaciones sociales de la vida adulta. Abordando distintas instancias de estas amistades ordinarias (dos amigos que deben separarse, dos amigos que recién se conocen y dos amigos separados que deben reencontrarse) y sometiéndolas a situaciones extraordinarias (un apocalipsis zombie, un retorcido caso policial y una invasión extraterrestre), la trilogía encuentra cierto término medio entre los extremos representados en cada par de personajes. La conclusión general parecería ser: es importante madurar, pero también lo son las amistades y la diversión. Y si la diversión implica juntarse a ver Punto límite (Point Break, 1991) hasta altas horas de la madrugada, mucho mejor.

