Honestidad brutal Por Alejandro Reys

Stereo (1969)
Rodada en una única locación, con un equipo ínfimo y apenas 8.500 dólares, la ópera prima de David Cronenberg ya refleja varias de las obsesiones que definirían su obra posterior. Presenta un futuro cercano donde siete jóvenes, sometidos a una intervención que les quita el habla y les otorga capacidades telepáticas, son recluidos dentro de una institución académica. Con rasgos marcadamente experimentales, la película se muestra como el registro documental de dicho ensayo científico-social; y constituye uno de los primeros casos en establecer un vínculo entre las distopías y el brutalismo en el cine. Algo que el director resalta constantemente desde la puesta, aislando a los sujetos en planos separados, utilizando tomas abiertas que componen a las figuras con espacios que las superan ampliamente en escala y mostrando los edificios, pensados para ser habitados por cientos de personas, prácticamente vacíos. La desolación, el avasallamiento del espacio sobre los personajes y la depreciación de la vida humana, son sensaciones provocadas por la forma en la que Cronenberg retrata la arquitectura; expresión construida de una sociedad que admite que un grupo de jóvenes sean utilizados como sujetos de prueba y librados a su suerte como ratas en un laberinto de hormigón.
El brutalista (The Brutalist, 2024)
La tercera película de Brady Corbet, una épica dramática que abarca más de tres décadas, inicia con el arquitecto húgaro-judío László Tóth sufriendo, tras sobrevivir al holocausto, unos primeros años difíciles como inmigrante en EE.UU. Pero todo parecería cambiar cuando un magnate industrial le encarga el ambicioso proyecto de un enorme centro comunitario. En ese mismo momento se deja entrever parte del pasado del protagonista mediante imágenes de su obra de pre-guerra, claramente afiliada al “estilo internacional” dominante en los años ‘20 y ‘30. No obstante, al igual que muchos arquitectos en esa época, como Le Corbusier o el propio Marcel Breuer (cuya vida inspiró al director), imagina su magnum opus en un estilo radicalmente opuesto: el brutalismo. Un cambio de rumbo arquitectónico altamente simbólico, dado que los postulados teóricos brutalistas comprendían un profundo optimismo. Apuntaban a crear edificios públicos memorables y conjuntos de vivienda que mejoraran la calidad de vida de las personas, dejando atrás los horrores de la guerra y creando los edificios del futuro que, anhelaban, durarían para siempre. Pero, así como la utopía brutalista chocó contra la opinión pública y años de destrato estatal, las esperanzas de Toth chocan contra la falacia del sueño americano.
Columbus (2017)
A principios de los ‘50 el magnate industrial J. Irwin Miller decidió que quería poner a su pequeña ciudad natal en el panorama arquitectónico internacional y comisionó a algunos arquitectos de renombre por esos años la construcción de más de cincuenta edificios públicos; una gran mayoría de los cuales resultaron ser, por una cuestión epocal, brutalistas. En ese contexto Kogonada, video-ensayista que alcanzó cierta notoriedad con sus videos sobre famosos directores, ubica su ópera prima: un drama centrado en la extraña amistad que surge entre dos personajes, ambos sufriendo relaciones parentales conflictivas y conectados de alguna forma con la arquitectura. Mediante la construcción de dicha relación se discuten los vínculos familiares y la influencia que ejercen sobre los sueños, aspiraciones y expectativas personales. Pero también se trasluce un comentario sobre cómo el entorno construido afecta, en uno u otro sentido, a sus habitantes. El brutalismo, hermosamente retratado por el director, no aparece aquí imponiéndose sobre el sujeto ni subyugándolo, sino enmarcando y conteniendo las relaciones humanas, dándoles soporte. Gracias a su vínculo ambos personajes logran destrabar sus conflictos personales y avanzar; pero es también gracias a la arquitectura, que habilita, en más de un sentido, la construcción de ese vínculo.



